Soñar cosas imposibles

Empezando la época Navideña, pienso en la importancia de creer en la fantasía. Y no porque sea sólo en navidad cuando hay motivos para creer en cuentos fantásticos que justifican tradiciones y regalos, sino porque tengo fuertes recuerdos en relación a creer en estas historias. Pero aunque muchos quizás esperen que hable de creer en términos religiosos, yo quiero hacerlo en relación a creer en el poder de la fantasía, en la fuerza de la imaginación.

En mi casa se cree en Papá Noel, seguramente porque nací en París y esa es la historia que se le cuenta a los niños allá y con la que yo crecí. Recuerdo perfectamente la primera vez que me visitó. Oírlo en el desván (nunca pregunté cómo pudo entrar), verlo tantear con sus pies una escalera que no encontraba y bajar por ella… pero lo más increíble, verlo volar en su trineo por el cielo, una vez salió de mi casa. Si. Si pudiera hablar de la realidad de una historia, a partir de mis recuerdos, sin duda diría que vi a Papá Noel en su trineo cruzar el firmamento… pero claro, crecí, y mis recuerdos ya no son mis únicas herramientas de juicio. A veces, en estos casos, muy a mi pesar.

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Sin embargo, no es de la Navidad de la cual quiero hablar hoy, es de la importancia de la fantasía y de la fantasía ligada a la capacidad de jugar.

Agradeceré toda mi vida, la familia en la que crecí, pues tengo una historia llena de recuerdos de juegos de fantasía. Verde y Violeta fueron dos ratones que me acompañaron cuando empecé mi vida en preescolar. Había un duende al que podía llamar por teléfono cuando me sentía triste y duendes que me traían diminutos regalos todos los días de diciembre antes de Navidad. Hubo una época en la que me ponían leche tibia en los párpados para que, no me acuerdo qué personaje, viniera a traerme dulces sueños y, junto a tantos libros, en la biblioteca de mi casa podía encontrarse una enciclopedia de las cosas que nunca existieron.

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Me sorprende cuando oigo adultos afirmando que es mejor no meterle cuentos raros a los niños en la cabeza, pues me pregunto, ¿no es acaso la capacidad de soñar cosas imposibles, la que nos permite desarrollar la habilidad de soñar inventos en ciencia, soluciones en política o economía, viajes a la luna, políticas incluyentes, obras de arte, catedrales de oro, cambios sociales, etc, etc?

Yo me declaro defensora absoluta de la fantasía. Como adulta acompañante de una niña, mi hija, quiero jugar con ella y creer en hadas, ratones que recogen dientes, conejos que dejan huevos de chocolate, hombres mágicos que traen regalos en navidad y mundos que se construyen con la imaginación. Quiero acompañarla en la vida a que, poco a poco, descubra que los sueños se transforman y que son los gestores de futuras realidades. Pero, no menos importante, acompañarla también en el placer infinito que trae jugar con las cosas imposibles, porque quiero que como yo, tenga la certeza de que en la vida jugar y soñar son importantes. No, determinantes.

No puedo irme sin hablarles de un libro al que algún día me gustaría dedicarle más tiempo, pero que hoy solo dejaré como sugerencia. Un libro que ha cruzado mi vida y que tengo siempre a mi lado, pues no deja de enseñarme. Pero, como aparece varias veces en ese mismo libro, ésa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión. Hoy solo diré: no pierdan la oportunidad de leer La historia interminable de Michael Ende. Una joya y seguramente, mi libro favorito.

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