Una cafetera de barro cocido, un vaso de agua, tres dientes de ajo y una ramita de hiedra.

“Eugénie permaneció sola frente a la mesa en la que sólo había una cafetera de barro cocido, un vaso de agua por si alguien tenía sed durante la noche y tres dientes de ajo de la cena. (…) Entonces vuelve a ver la mesa tal y como estaba la víspera, cuando ella es la última en marcharse después de apagar la lámpara. Saborea la quietud de la sala todavía tibia donde una familia feliz ha cenado, se entretiene en los recovecos oscuros que la tenue iluminación engalana con algunas perlas de luz; y su mirada regresa a la mesa donde sólo queda un vaso de agua junto a una cafetera y tres dientes de ajo olvidados. Entonces comprende que María, que a veces atraviesa la casa durante las horas sombrías del sueño, ha venido durante la noche y ha cambiado de sitio los dientes de ajo -algunos centímetros- y también el vaso de agua -unos milímetros más bien-, y que esa ínfima traslación de cinco elementos triviales ha cambiado el espacio por completo y, a partir de una mesa de cocina, ha engendrado una pintura viviente. Eugénie sabe que no tiene palabras porque ha nacido campesina; jamás ha visto un cuadro aparte de los que adornan la iglesia y cuentan la Historia Sagrada, y no conoce más belleza que la del vuelo de los pájaros, las auroras primaverales, los senderos de bosques claros y las risas de niños queridos. Pero sabe con una certeza de hierro que lo que ha llevado a cabo María con tres dientes de ajo y su vaso es una composición del ojo que corteja lo divino, y entonces observa que, además de los cambios en la disposición de las cosas, hay un añadido que el sol le revela al instante: una ramita de hiedra colocada justo al lado del vaso. Es perfecto. Tal vez Eugénie no tenga palabras, pero tiene talento (…) puede ver el equilibrio en el que la pequeña ha situado los elementos, la espléndida tensión que los habita y la sucesión de vacíos y de llenos sobre un fondo de oscuridad sedosa en el que se esculpe un espacio sublimado por un marco. Entonces, aún sin palabras pero por la gracia de la inocencia y del don, Eugénie, sola en la cocina con las cintas que peinan ochenta y seis años de infusiones de espino blanco, recibe en pleno corazón la magnificencia del arte.”

Así de simple y maravillosa es la experiencia del arte. Así de simple y maravillosa debía ser nuestra experiencia cotidiana frente al mundo que nos rodea, lleno de sorpresas, inmenso.

A muchos les cuesta entender la habilidad de ver estéticamente y aquí está Muriel Barbery, describiéndolo tan hermosa y simplemente en su libro La vida de los elfos (el cual todavía no he terminado). Dos personajes María y Eugénie, comparten cada una su destreza. La primera, sencilla y sensible, casi sin darse cuenta mueve los objetos cotidianos apenas milímetros, añade una ramita, simplemente para que el conjunto se vea hermoso. Se destaque. O quizás, de pronto solo porque le causa placer verlos asi dispuestos. Porque no podrían estar de otra manera. No para ella. La segunda, mujer de campo, es capaz de reconocer en ese pequeño gesto de acomodar una cafetera, un vaso de agua y tres dientes de ajo, la magnificencia del arte. Es capaz de dejarse emocionar y detener el tiempo para observar, para sentir.

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No todos somos capaces de señalar y enmarcar el mundo. Es ciertamente una habilidad de algunos. Pero el resto, que podríamos dejarnos maravillar por lo que día a día nos rodea, caminamos apurados por la vida y con demasiada frecuencia dejamos de ver. Aún peor. Con demasiada regularidad no nos permitimos parar, detenernos, tomarnos el tiempo por asalto y dejarnos llevar por la emoción, por nuestros sentidos.

Para mi, si es importante.

Para mi, aunque a muchos les parezca una tontería, es importante poner una mesa linda. Acomodar las flores para que resalten un rincón en mi casa. Acompañar un momento con la música precisa. Parar por la calle para ver la luz del sol atravesando las ramas de un árbol. Mover un par de centímetros algún objeto para que sus colores resalten.

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Pensar estéticamente es una costumbre que no puedo, ni quiero, dejar de tener. Algunos se ríen, “Juliana, que exageración, no pasa nada si la servilleta esta doblada hacia la derecha o hacia la izquierda, no importa que las flores estén en el centro de la mesa o hacia un lado!!!”…. Si, si importa. Si para mi. Las flores a un lado, rompen el equilibrio obvio y crean otro, más tenso, más interesante desde mi mirada… Si, si importa. Porque me causa placer, gozo. Porque me hace feliz como pega el sol en el cojín verde de la silla gris o porque me gusta que P llegue en la tarde y huela a flores. Quizás mis composiciones no cortejan lo divino como las de la pequeña María de Barbery, pero desde luego, el placer de jugar a componer entornos, me hace infinitamente feliz.

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Mi invitación es sencilla, no sé si fácil. Empecemos a caminar más despacio. Empecemos a ver la complejidad de lo simple y a dejarnos sorprender en este hallazgo. Una cafetera de barro cocido, un vaso de agua, tres dientes de ajo y una ramita de hiedra, pueden ser suficientes para descubrir la magnificencia del vasto mundo que nos rodea.

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