Olvidaron otra cosa: la capacidad de soñar… ya no se les ocurría nada

“Todo eso le resultaba enormemente convincente a los ahorradores de tiempo. Y como ya había muchos ahorradores de tiempo en la gran ciudad, pronto consiguieron convencer al ayuntamiento de la necesidad de hacer algo por todos esos niños descuidados.

Como consecuencia, en todos los barrios se construyeron los llamados “depósitos de niños”. Se trataba de grandes edificios en los que había que entregar, y recoger, si era posible, a todos los niños de los que nadie se podía ocupar. Se prohibió severamente que los niños jugarán por las calles, en los parques o en cualquier otro lugar. Si se encontraba a algún niño en esos lugares, siempre había alguien que lo llevaba al depósito de niños más cercano. Y los padres se les castigaba con una buena multa.

(…)  Se acabó lo de inventarse ellos mismos sus juegos. Los vigilantes prescribían los juegos, que sólo eran de aquellos con los que aprendían alguna cosa útil. Mientras tanto olvidaron otra cosa, claro está: la capacidad de alegrarse, de entusiasmarse y de soñar.

Con el tiempo, los niños tuvieron la misma cara que los ahorradores de tiempo. Desencantados, aburridos y hostiles, hacían lo que se les exigía. Y si alguna vez los dejaban que se entretuvieran solos, ya no se les ocurría nada.

Lo único que todavía sabían hacer era meter ruido, pero ya no era un ruido alegre, sino enfadado e iracundo.”

Momo, Michael Ende

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Los niños de Momo olvidaron como jugar, y mientras tanto, olvidaron también otra cosa: la capacidad de alegrarse, de entusiasmarse y de soñar. Perdieron su capacidad de asombro, como diría Catherine L’Ecuyer, su capacidad creativa. Pero ¿la perdieron ellos o se la hicieron perder los adultos?

¿Qué tan lejos estamos de la ficción? ¿De esta gran historia inventada por Michael Ende en 1973? Tristemente solo en la forma de contarlo. La realidad es aún más triste.

¿En qué momento los adultos decidieron que ahorrar tiempo, hacerlo todo buscando una utilidad, correr siempre hacía un objetivo sin tener conciencia del proceso, correr en vez de pasear, era lo más importante? ¿cuando le creyeron a los hombres grises de Momo? 

Y más grave aún ¿En qué momento a los adultos les empezó a preocupar tanto que lo niños jugaran, solo por jugar?, ¿Por el placer de hacerlo, sin necesidad de conocer el para qué?, ¿Por qué los adultos sintieron que debían dirigir el juego de los pequeños, intervenirlo, buscarle un objetivo concreto, una enseñanza? 

Desde la lógica adulta que piensa solo en el resultado y la funcionalidad de las cosas, jugar es perder el tiempo, no hacer nada y entonces, ese juego libre, espontáneo, incierto, que nunca se sabe a dónde llegará, los aterra. Y eso que hay un montón de estudios que demuestran la importancia del juego, su valor social, la manera cómo enseña a los niños a ser empáticos, tener niveles de frustración más altos, socializar, descubrir sus propios intereses, sus fortalezas y debilidades.

Sin embargo, ¿Por qué, sabiendo todo esto, sigue siendo tan difícil ceder el control de estos espacios? ¿Por qué los adultos se engañan llenándose de excusas para creer que lo que están haciendo es dándole más oportunidades a sus hijos al dirigirles todas sus actividades? 

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Sinceramente, creo que lo más importante está en destinar tiempo a gozar, a hacer cosas solo por el placer de hacerlas, a compartir con otros o a disfrutar del tiempo en soledad, a sorprenderse con el mundo y las oportunidades ilimitadas de fantasía que ofrece la realidad.

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Creo de verdad, que los adultos deben entender que controlarlo todo no es la respuesta, que su intervención debe limitarse a la de acompañante y observador, a la del cuidador que puede ofrecer o no, elementos simples, pero motivadores, a partir de los cuales, cuestionarse, crear, investigar, crecer, pensar, en definitiva jugar y gozar.

Creo también que la intervención debe ser esporádica y no permanente. Es decir, que los niños deberían poder estar solos de vez en cuando, jugar con libertad. Es cierto que la seguridad se ha vuelto un tema importante y que por desgracia cada vez son menos los espacios en donde los niños pueden jugar sin el cuidado de los adultos. Ante esta terrible realidad, me parece que, como adultos, debemos esforzarnos para ejercer solo de observadores, con el compromiso de buscar espacios o momentos, en donde, ojalá, los niños puedan jugar sin necesidad de tenernos cerca. Nuestra obligación, debe ser entonces, no la de cohibir la libertad de juego de nuestros pequeños, sino la de propiciar que nuevamente se pueda jugar en la calle, el parque, el campo… esos espacios abiertos que son de muchos y para muchos. Esos espacios en donde existe la posibilidad de encontrar a otros y en donde los juegos no están preestablecidos. 

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Jugar por jugar es un derecho que todo niño debe tener, así, sin más, sin la necesidad de tener claro que va a aprender con ello. Jugar por placer.

De hecho, creo que la capacidad de juego, de goce, de asombro, son habilidades que todos deberíamos esforzarnos por mantener. Son formas de vivir la vida que nos hacen mucho más atentos a nuestro entorno, más empáticos, más generosos, más tranquilos… más felices. 

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Les recomiendo especialmente la lectura del libro, que inspiró estos pensamientos, Momo de Michael Ende. Lectura que siempre será oportuna, esclarecedora y enriquecedora para el alma. Un libro para tener en la biblioteca como un tesoro.

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