Hygge

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El otro día viendo el capítulo de Ilse Crawford de Abstract en Netflix, descubrí un término danés que hizo click con todos mis pensamientos y emociones, Hygge.

Este término que se pronuncia algo así como Hu-ga y que no tiene traducción al español, habla del saber estar, de la capacidad de disfrutar el momento presente y de todo lo maravilloso que puede ser si le damos valor a las pequeñas cosas, a las cosas normales, cotidianas, conocidas. Ese estar con la gente que quieres, cómodamente, hablando sin prisas y disfrutando de un buen vino y una deliciosa comida. Ese estar en un lugar en el que te sientes cómodo, feliz, tranquilo. Un lugar bonito, cálido, confortable, en donde la luz, la música, el entorno te abrazan y protegen. Ese estar en disposición de, sinceramente, oír a quienes están con nosotros, escucharlos, dedicarles tiempo y afecto y recibir con gusto el tiempo y afecto que los otros nos regalan.

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Ese término, Hygge, reúne todas esas características en las que creo y quiero aplicar en mi vida diaria. Porque como decía Ilse Crawford “lo que sucede cuando hacemos eso -cuando vivimos de manera Hygge-, es que nos hace mucho más abiertos a los otros y mucho más cercanos. (y) ese, es un modo muy interesante de construir una comunidad”. Esa es la forma de vida que quiero tener, que me esfuerzo en tener, esa capacidad de asombro y de bienestar que me permite tener los sentidos abiertos para poder tener empatía con los otros. Esa es la comunidad que quiero ayudar a construir para mi, para mi familia, para P. Una comunidad en donde prime el bienestar de todos, la capacidad de compartir y disfrutar de lo normal, porque al interiorizar esta manera de ver la vida, lo normal se vuelve especial, lo ordinario, extraordinario. Un simple trozo de pan el placer más maravilloso, unas flores puestas sobre una mesa bien puesta, un deleite a los ojos, una tarde de cocina, un momento para relajarse y disfrutar, una palabra amable, la alegría del día.

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Volver a ver, tocar, probar, oír, oler… para re descubrir el mundo, para entender el valor de la estética como forma de vida. Volver a hacer las cosas desde la fuerza del placer, el deseo, el bienestar… para descubrir que vivir así no es una cuestión individualista o egocéntrica, sino por el contrario, una manera estar conectados al mundo y entender que cómo nos relacionemos con este determinará nuestro sentir en el mismo. Volver a vivir a nuestro propio ritmo… para convencerse que sólo así se puede ser realmente feliz porque habremos interiorizado que solo siendo consecuente con uno mismo, puede uno serlo con el mundo.

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Quiero Hygge en mi vida. Quiero una vida Hygge. Ese será mi nuevo lema.

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West coast vacations, tercer destino: Los Ángeles III (hasta la próxima!)

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Malibu

A estas playas hay que ir con tiempo y sin afanes. Nosotros empezamos el día destinado a Malibú de la mejor manera, con un brunch en el Malibu farm Cafe, en el muelle. El sitio es espectacular y la comida no se queda atrás. Y claro, terminamos con la barriga llena, el corazón contento, el alma inspirada y el libro, el frasco y la botella que venden en el café en la maleta!! Y eso que nos contuvimos, porque también vendían camiseta, delantales, etc… Definitivamente habría querido probar muchas más cosas de la carta, pero el estómago no daba para tanto.

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El resto del día lo pasamos en la playa El Matador, a donde, como muchos de los lugareños, llevamos una buena bolsa de picnic para, después de dejarnos revolcar por olas heladas, comer a gusto frente al mar.

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Anaheim packing district

Otro lugar que vale la pena conocer es el Anaheim packing district, un espacio recuperado que ofrece una cantidad enorme de restaurantes para elegir y compartir. El mejor consejo es que cada uno pida en un lugar diferente y luego todos prueben de todo. Agradable, bonito, tranquilo… un buen lugar para ir a almorzar y de ahí salir a seguir descubriendo la ciudad.

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De regreso a Los Ángeles ciudad: Art District

El último día de nuestras vacaciones lo destinamos a esta especial zona, llena de encanto y pequeños lugares para descubrir. Otro ejemplo de un territorio industrial convertido en espacio para el arte y la creatividad a todo nivel, en donde nos conquistaron sus pequeñas tiendas, galerías, cafés y restaurantes.

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Aquí lo hicimos todo al revés, empezamos por los postres, dejándonos tentar, los más pequeños por los helados orgánicos de Van leeuwen y los mayores por The Pie Hole, en donde me pareció encantadora la simpleza del local, lo cual realza aún más la delicia de sus pies. Y terminamos por el plato fuerte, en un maravilloso lugar de salchichas artesanales para chuparse los dedos: Wurstküche. Creímos que era un lugar chiquitico y que tocaría comer caminando por la calle, pero nos sorprendió descubrir que un largo corredor que salía desde la extraña zona de pedido (pequeñita y de forma triangular) desembocaba en una amplia estancia con mesas largas para compartir, cubiertas de papel kraft, para comer sin preocuparse de manchar y divertirse pintando sin límites con crayolas.

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Foto Juan David Mateus

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Foto Clara Inés Díaz

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Así, terminaron las vacaciones, las manos untadas de mostaza, la mesa llena de dibujos, la cabeza a reventar de ideas y proyectos y el corazón y el alma felices por todo lo vivido, por todo lo compartido con quienes queremos. Bueno claro y algún kilo de más que nunca falta. Pero como dicen por aquí “que me quiten lo baila´o”.

Definitivamente viajar y conocer nuevos lugares será siempre una maravillosa inversión para enriquecer nuestro mundo propio.

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Say bye bye to room

A veces creemos que el mundo es todo lo que tenemos a mano. Lo que tenemos más que conocido y nos da seguridad. La cama, el armario, la silla, la planta… Las cosas que han estado ahí siempre, las personas, las formas de relacionarnos.

Pero a veces, algo sucede y la puerta se abre… Con asombro y miedo, descubrimos que hay mucho más allá afuera y empezamos a pensar…

El mundo nunca volverá a ser el mismo.

Cerrar la puerta y quedarse con lo que había es imposible, ya sabemos que hay más. No es fácil, salir y encontrar que nos hace realmente felices es un reto, una aventura de la cual no conocemos el final.

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Ilustración de Marco Somà para el libro El momento perfecto, de Susanna Isern. Ediciones La Fragatina

El mundo se vuelve gigante, en ocasiones aterrador por no tenerlo todo controlado, pero inmensamente atractivo. Un territorio nuevo que explorar con miles de posibilidades.

Algunos deciden nunca abrir la puerta. Pero cuando se toma la decisión de hacerlo, hay que vencer el miedo y avanzar, poco a poco. Aprendiendo a abrir los ojos frente al sol, a protegerse del frío, a abrigarse cuando hace viento, a caminar de la mano de alguien cuando las piernas nos fallan… Pero sobretodo hay que arriesgar, hay que probar para descubrir qué nos gusta y construir la vida ante la inmensidad de las posibilidades.

Y un día… mirar atrás, despedirse amorosamente del pequeño mundo en el que estábamos y caminar.

…no tengas miedo, lo estás haciendo bien.

(Hoy vimos la película room)

Sal, pimienta, tomate… qué más hay en la nevera?

Adoro cocinar…me fascinan las posibilidades que se presentan frente a la nevera y la despensa… llenas o medio vacías, ahí están para ofrecernos sus tesoros. Imaginar sabores, texturas, olores y colores en un plato me hace salivar y también soñar.

A pesar del popular “con la comida no se juega”, lo que me gusta es jugar con la comida. Quizás por eso soy poco repostera, porque soy vaga y miedosa frente a su rigurosidad y exactitud y me gusta ir probando, cosa que si el bizcocho no cuaja, no podría hacer ni loca.

Aprendí a cocinar cuando necesite hacerlo. Nuestra cocina era diminuta y las posibilidades de largas listas de compra, reducidas. Pero estábamos recién casados y me hacía muchísima ilusión jugar en la cocina. Recuerdo con placer caminar de la escuela donde hacía mi postgrado a casa, imaginando platos de comida. Cómo quedaría este sabor con este otro, cómo se verían en el plato este color con el otro, cómo se sentiría un pan crujiente junto a un rico salmón ahumado. Recuerdo sentir, muy a lo ratatouille, los sabores en mi boca e ir pensando cómo sería el resultado. Resultó que no me salían mal mis inventos y que J se relamía con cada prueba. Y se  me quito el miedo a jugar.

Desde entonces me encanta experimentar, y como dije al empezar, jugar con la comida. Una vez superado el miedo, especialmente al fracaso a hacer las cosas mal y que no salga todo como lo has imaginado, me atreví a hacer, o a ser, si nos ponemos más filosóficos. Me atreví a sentirme creativa cocinando, porque definitivamente es un acto creativo conseguir un resultado gustoso en el plato. Y como acto creativo, me permito crear y recrear, dejarme influenciar por lo que pruebo, lo que veo, lo que leo…

Hoy años más tarde, cada vez acepto con más orgullo el placer que me produce entrar en la cocina y preparar algo sencillo, sin alardes, que haga suspirar a mis amores, P y J. Y cuando P, amorosa, da un bocado y susurra “mmmmmm exquisito”, a mi se me hincha el corazón y la vida entera tiene sentido.

Pero no cocino sola. Me declaro adicta a los libros de cocina, me gustan los de fotos hermosas, insinuantes y sabrosas, los que tienen recetas sencillas, manejables, cercanas. Pocas veces sigo las recetas al pie de la letra (ven porque la repostería no es necesariamente lo mio?), me gusta pasar horas ojeando las páginas de mis libros, llenándome con posibles mezclas y dejando que se vayan guardando inconscientemente en el archivo mental marcado “cocina”, que tengo en mi cabeza. Así cualquier día, abro la nevera y en mi selección me acompañan Jamie Oliver, Nigella Lawson, Sophie Dahl, Yvette Van Boven, Donna Hay, Eli y Max Sussman, Bill Granger…  A veces necesito más ayuda otras veces solo sus voces tenues en mi mente, pero me encanta tenerlos cerca. Me gusta el estante de libros de cocina.En este acto colaborativo que es cocinar, también participan amigos que me hacen probar cosas deliciosas en sus casas y algunos restaurantes que me inspiran con sus inventos y me retan con sus sabores. Todos ellos también van quedando catalogados en mi archivador mental “cocina”.

Pollo Bombay, cortesía de los Mateus - Díaz

Pollo Bombay, cortesía de los Mateus – Díaz

Si, cocinar es una expresión creativa, una expresión de afecto, un espacio para jugar. Cocinar me permite inventar, explorar, descubrir… Me permite comer bien y sentarme a la mesa a disfrutar de un momento, a veces sola, a veces acompañada, de placer.

A mi no todo me resulta. Sin vergüenza y más bien con risas recuerdo platos salados, espesos, sosos, platos que tristemente han terminado en la basura porque eran incomibles… pero, cocines como cocines, disfruta el proceso y quítate el miedo a probar. Ese sería mi humilde consejo.