Tiempo, desarrollo, vida… PAN

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Después de mucho esperar, me lancé a la aventura de hacer pan. Y digo aventura porque en los tiempos que corren hoy en día, hacer pan es toda una experiencia, ya que hay que enfrentarse a un organismo vivo y a los avatares de la naturaleza misma. Tiempo, desarrollo, vida… hacer pan es mucho más que un trozo de pan comprado en cualquier tienda con el absoluto desconocimiento de todo lo que ha sucedido antes de terminar en una bolsa en nuestras manos.

Hace ya unos meses empecé a sentir la necesidad de enfrentarme al reto de hacer pan con masa madre. Cuidar mi masa madre, alimentarla y verla crecer y mientras tanto, leer, leer y leer miles de recetas, tutoriales, blogs y chats en los que se hablaba de la magia del pan. Pero me asuste. Parecía algo muy sencillo pero a la vez muy complicado y me daba un poco de rabia tener la sensación de sentirme tan perdida e insegura frente a algo que parecía tan fácil, algo que la humanidad ha hecho por años y años.

Pero me armé de valor y decidí hacer pan este el primer fin de semana de febrero. Quizás, porque pintaba como un fin de semana sin demasiados planes y casero. Quizás porque después de todo el ajetreo de las vacaciones y los viajes, este era el fin de semana de volver a la vida cotidiana, a las rutinas y a los ritmos conocidos y hacer pan, muy en mi interior era una declaración de intenciones para este año. Lento, organizado, orgánico, con un objetivo en mente, pero absolutamente consciente del paso a paso, del aquí y el ahora. Parece que cambie de tema y empecé a hablar del mindfulness tan de moda en estos días. Pero no, sigo hablando del pan, un proceso que muchos debíamos adoptar hoy en día, pues es muy meditativo, nos impone un ritmo muy diferente al que nos invade en estos tiempos.

Hacer pan, no resultó tan complicado y sí una experiencia maravillosamente gratificante. Claro, hay mucho por mejorar, por experimentar y por probar. Pero para un primer intento me doy por muy bien servida.

En fin, creo que el miedo a hacer pan se debe a la dificultad que tenemos para cambiar de ritmo, porque hacer pan es un proceso lento, un proceso que conserva el ritmo de otros tiempos, ese ritmo al que muchos ya no estamos acostumbrados, pero al que yo, personalmente, en ocasiones quiero acudir para calmarme, poner mi mente y mi corazón en el momento y disfrutar cada uno de los pasos.

Quizás hacer pan no es para todos. Tal vez algunos no quieren cambiar de ritmo por un tiempo o lo hacen de otras maneras, meditan, pintan, caminan… no se. Yo solo puedo decir que adoré la experiencia y que volveré a hacer pan cada vez que tenga ganas pues ya no tengo miedo. ¿Alguien más se lanza a la aventura?

Les comparto mi paso a paso por si alguien se anima y quiere probar esto de aprender a tener paciencia, aprender a esperar, aprender a respetar los ritmos y necesidades de otros seres vivos, aprender a observar la naturaleza y abrazarla, para al final, disfrutar de un delicioso trozo de pan en la boca.

  1. La masa madre

Yo no la hice de cero… gente muy especial me la regaló y la recibí como un hermoso regalo de vida. Pero me enfrenté al compromiso de alimentarla, cuidarla y quererla. No es tan complicado como pensé, simplemente hay que alimentarla con el doble de agua y de harina. Es decir, si tenemos 50 gr de masa madre, añadir 100 gr de harina y 100 ml de agua, mejor no de la llave (hay más métodos, pero ese es el más básico) Mezclar bien todo y dejarlo en un bol bien tapado con plástico o en un tarro de vidrio cerrado con tapa. Poco a poco verán que la masa empieza a respirar, a vivir. Crece y le salen muchas burbujas de aire. Esto hay que hacerlo día de por medio más o menos y entre una alimentación y otra, tenerla en la nevera para que se conserve más. Hay que hacer este proceso siempre que se quiera hacer pan, pues la masa madre debe estar muy despierta cuando se hace el pan.

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  1. El pan

Con la masa madre despierta o refrescada como dicen, la receta es la siguiente: (yo seguí los pasos de la generosa Luciana y me deje aconsejar cariñosamente por ella y por  Julia. Gracias a sus consejos y a su buena energía, me fue muy bien)

Ingredientes:

200 gr de masa madre

500 gr de harina de fuerza o panificadora

300 ml de agua al clima

1 cucharada de sal

Pasos:

Mezclar todos los ingredientes y dejar reposar en un bol, tapado con un paño de cocina, por 30 minutos.

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Pasado ese tiempo, aceitar el mesón de la cocina y amasar la mezcla siguiendo la técnica de los amasados cortos. Esto es: volcar la masa sobre el mesón engrasado, halar un extremo de la misma hacia el interior y continuar con el siguiente en círculo. Hay que hacerlo 12 veces, dejando reposar en el bol tapado con un paño por 10/15 minutos, entre amasado y amasado. Este proceso de amasado se repite 5 veces, con sus respectivos tiempos de reposo.

Después del último apretado de la masa, se deja en el bol, con la parte templada hacia arriba, tapada con el paño, hasta que leve el doble de su tamaño. (Yo la dejé más o menos desde las 10:00 pm hasta las 7:30 am del día siguiente, pero todo depende de la temperatura ambiente en la que se esté. Lo mejor, como dice Luciana, es ir mirando la masa hasta ver que ha crecido lo esperado)

Una vez haya levado, se vuelca sobre el mesón enharinado y se “bolea” la masa, lo que significa apretarla hacia afuera como metiendo los extremos de una sábana en la cama formando una bolita que se pone en una olla de hierro tipo cocotte, con la parte bonita (templada) hacia arriba.

En la olla se deja tapada con un paño para que leve por segunda vez.

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Cuando haya doblado su tamaño, que es más o menos cuando la masa ya toca las paredes de la olla, hay que hacerle cortes a la masa en la superficie con un cuchillo, se tapa la olla (quitando el pomo de la tapa) y se mete al horno.

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Los primeros 15 minutos a 220 grados, luego se destapa la olla y se deja 10 minutos a 210 grados y finalmente 35 minutos a 200 grados o hasta que la corteza esté dorada y al darle golpecitos suene hueco.

Es súper importante que el horno tenga vapor, para lo que se puede atomizar las paredes del horno con un flu flu o poner un recipiente con agua dentro del horno (esto es clave para la corteza)

Una vez fuera del horno, dejar enfriar sobre rejilla y comérselo como uno quiera!! Este es el momento más difícil, pues toda la casa huele a pan, ya has tocado la corteza crujiente y dan ganas de comérselo a penas sale del horno!!! 

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A los niños si les gustan las verduras

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Si, a los niños si les gustan las verduras, los quesos, los millones de sabores que el mundo nos ofrece. O por lo menos pueden probarlos e ir construyendo su paleta de gustos. Pero hay que darles la oportunidad. Hay que dejarlos probar, descubrir, ellos solitos, las cosas que les gustan y las que no. Explorar texturas, olores y sabores de la comida. Les aseguro que muchos adultos se sorprenderían de la cantidad de cosas que a los niños pueden gustarles.

¿Por qué tantos mayores insisten en disfrazar los alimentos para los niños? ¿No es suficientemente bella una fresa? ¿Un brócoli? ¿un trozo de queso? ¿Por qué siguen creyendo que para que los niños coman verduras, o alimentos nuevos hay que licuarlos o esconderlos?

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Yo creo que hay que aprender a ver la belleza de las cosas como son. Aprender a comer sin disfraces, a comer los alimentos como son y no por parecer una cara feliz o tener colores artificiales. Más bien comer por el placer de disfrutar los sabores en sí mismos.

Me chocan los quesos tintados, las verduras escondidas o procesadas, los sandwiches con cara de Mickey mouse… la comida que no parece comida me disgusta. Quiero que un pan parezca pan, que el queso huela a queso, a si sea azul, quiero verduras maravillosas, frutas frescas llenas de sabor, alimentos de verdad. Incluso, debo aceptar que cada vez me incomoda más ver todas las naranjas iguales en el supermercado, o las papas sin deformidades… los alimentos de verdad no son uniformes y no por eso son menos ricos.

No es que esté en contra de presentar las cosas bonitas en un plato que honre los alimentos que sirve, hacer cosas divertidas de vez en cuando como cuando en halloween hacemos pizzas que parecen momias o deditos de queso con uñas de almendra. Me refiero al hecho de esconder los alimentos en el día a día, con la creencia que a los niños no les gustarán tal y como son.

No es cierto. A los niños les gusta probar, explorar, comer zanahorias torcidas, papas con protuberancias, quesos olorosos, mezclar sabores, oler, descubrir. Y si, también jugar con la comida. Pero esto no solo significa darle forma de cara a un pan, ponerle orejas a los pancakes, o jugar a los palitos chinos con los palitroques. Significa divertirse con la aventura de encontrar cosas maravillosas al atreverse a probar, o cosas horribles, porque esa también es una posibilidad. Significa ir construyendo un universo propio de gustos.

Por favor adultos, no sigan subestimando a los niños. Ostras, calamares, queso azul, brie, brócoli, apio, coles de bruselas, fresas, moras, ruibarbo, atún, crudos o cocinados, cubios, zapallo, risottos, picantes, dulces, ácidos, crujientes, chocolate negro, amargos, patés, terrinas, pato, lengua, kale, langostinos, ajo, mejillones… las posibilidades son infinitas. El mundo es diverso y una manera de enseñárselo a nuestros pequeños es dejarlos degustar la diferencia.

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**Acompaño estos pensamientos con unas lindas ilustraciones de Jill Barklem, a quien seguro le encantaba la comida.

Aprovecho para recomendarles el blog de Luciana Gonzales Daly lasaventurasdelninolechuga.wordpress.com y su instagram @lechouchou para mi, toda una inspiración. Alguien que no busca aparentar lo que no es, una mujer real, honesta y pensante.

¿Cocinar o no cocinar? Esa en la cuestión.

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Y de pronto alguien pone palabras, hermosas palabras, a lo que hace ya unos buenos años vengo sintiendo.

“Como ya se habrán dado cuenta, opino que cocinar o no cocinar se convierte en una cuestión trascendental, aunque reconozco que es una forma muy rotunda de plantear el problema.

Cocinar significa cosas distintas en momentos distintos para gente distinta. Pero casi nunca es cuestión de todo o nada. Sin embargo, cocinar con más frecuencia de lo que hacemos ahora, o dedicar el domingo a preparar algunos platos para la semana, o intentar de vez en cuando elaborar algo que antes sólo podías comprar, son actos modestos que constituirán una forma de voto.

¿Un voto para qué exactamente?

En un mundo donde ya muy pocos estamos obligados a cocinar, el hecho de decidir hacerlo es una forma de protestar contra la especialización. Contra la total racionalización de la vida. Contra la infiltración de los intereses comerciales en todas las facetas de nuestra existencia.

Cocinar por el placer de hacerlo, y dedicarle un poco de tiempo libre, es declarar nuestra independencia de las corporaciones que quieren convertir cada minuto que estamos despiertos en una ocasión para consumir.

Cocinar tiene el poder de transformar más que plantas y animales. Cocinar nos da la oportunidad tan rara en nuestra vida moderna, de trabajar directamente por nuestro bien y el de las personas que alimentamos.

Desde el punto de vista económico, puede que no sea la forma más eficiente de usar el tiempo del cocinero aficionado, pero es realmente hermoso.

¿Hay algo menos egoísta, algún trabajo menos alienado, un tiempo mejor aprovechado que preparar algo delicioso y nutritivo para las personas que queremos?”.

Michael PollanCooked

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No se pierdan la oportunidad de ver esta linda y profunda serie, Cooked, en Netflix.

No puedo dejar de aprovechar este momento para recomendarles un gran libro que también habla del tiempo… Momo, de Michael Ende y que justo estamos leyendo en este momento.

West coast vacations, tercer destino: Los Ángeles II

Newport beach

Otra playa de ensueño para pasar un buen rato. Pero sin buscarlo lo mejor de esta zona fue la experiencia inolvidable que debemos agradecer al GPS que nos llevó por ese camino: cruzar a la península de Balboa en ferry. Absolutamente de película y recomendadísimo. Viviendo a más de 2600 metros de altura y muy lejos de la playa, este tipo de experiencias son lo máximo!

Después, vale la pena esperar en la playa el atardecer, pues los colores del cielo parecen acuarelas desvaneciéndose en un papel y el clima es absolutamente delicioso si uno a tenido la previsión de llevar un buen saco.

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Los Angeles ciudad

En pleno downtown, un imperdible para comer sin remordimientos, ni culpas, es el Grand Central Market. La verdad es que adoro este tipo de mercados en el que hay una oferta envidiable de cosas ricas para probar, cada una con su estilo, descomplicado y relajado. Ya quisiéramos haber tenido el tiempo para probar más de uno de los puestos que hay, pero puedo recomendar Horse Thiefe BBQ, Eggslut y un puesto salvadoreño, Sarita´s pupuseria, en donde se consiguen pupusas de verdad, verdad, que para quienes no las conocen son deliciosas y vale la pena probarlas.

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Y si, como nosotros, aman la música y son unos nostálgicos de las grandes tiendas de este tipo, hay que perderse en la inmensidad de Amoeba en West Hollywood. Nos sorprendió volver a encontrar cassettes y poder sostener en la mano vinilos y cd´s sin necesidad de ninguna aplicación. Qué placer volver a gastar horas pasando discos entre los dedos.

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De resto, hay millones de cosas para ver, pero no te teníamos afán de verlas todas, así que pisamos un par de estrellas del camino de la fama, jugamos de lejos a sostener el cartel de Hollywood, pasamos enfrente a Whiskey a go go y The rainbow (lugares de culto para los rockeros) y miramos desde la ventana del carro la ciudad que recorríamos.

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El día que pasamos paseando por Los Ángeles ciudad era 4 de julio. La verdad habíamos pensado buscar algún lugar para vivir esa festividad tan importante para los norteamericanos, pensamos en ir a la playa o algo así, pero el día se nos fue pasando sin darnos cuenta y al acercarse la hora en que empezaban las celebraciones, nos sentíamos realmente agotados. Sin embargo, vivimos algo un poco surreal, pues a las 9:00 pm, que empezaban todas las celebraciones, nosotros nos encontrábamos en el carro rumbo al hotel. Lo cual, teniendo en cuenta las distancias de esta enorme ciudad, significaba un largo trayecto. Lo que fue increíble de presenciar, fue como la ciudad entera se iluminaba con los fuegos artificiales. Una hora sin parar de sorprendernos con una pirotecnia detrás de otra, una hora en la que el cielo cambió de color y se vistió de fiesta. Fue maravilloso.

West coast vacations, segundo destino: Las Vegas. O la ficción hecha realidad

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Así entonces, con mucho por conocer, dejamos San Diego atrás y cogimos carretera hacia Las Vegas.

Definitivamente hay que estar preparado para un largo trayecto en carro, aproximadamente 5 horas, en una carretera en la que no hay muchas distracciones y es fácil aletargarse. Sin embargo el paisaje desértico es alucinante y quizás, debo aceptar, un poco escalofriante, porque es enorme, seco y solitario. Eso sí, no sobra ir preparado con una tablet y buenos audífonos para los niños, porque no siempre quieren oír lo mismo que los adultos y alguna película seguramente cae de maravilla. De todos modos, hay que estar siempre listos para alzar la cabeza en cualquier momento y dejarse maravillar por lo que se ve a través de la ventana, porque puedes encontrarte con cosas tan inesperadas como la obra de Ugo Rondinone, Seven magic mountains. Una visión mágica en medio del desierto.

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¿Donde comer? Nosotros decidimos dejarnos llevar y paramos, en la mitad de la nada, en un restaurante de película: Penny´s Diner. Un lugar de hamburguesas y malteadas que parecía congelado en el tiempo, pero en donde comimos delicioso y nos atendieron con una amabilidad increíble.

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Las Vegas… que puedo decir. Cuando uno va por la carretera, después de varias horas de nada, solo desierto, de pronto aparece una inmensa ciudad en donde la ficción se convierte en realidad y el tiempo se hace relativo.

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Realmente es una sensación indescriptible sentirse siempre en una maqueta, perfecta, pero maqueta. Caminar por Venecia o comer en alguna calle en París. Toparse por el camino con Spiderman o volar por los aires entre casinos y bailarinas de cabaret.

La verdad, es un destino, que si bien nos parece interesante haber conocido, quizás no estemos muy interesados en volver, a nos ser para ir alguno de los miles de espectáculos que ofrece. Nosotros tuvimos la oportunidad de ver al Circo del Sol con su show O y quedamos absolutamente maravillados.

Seguramente muchos les recomendarán, como a nosotros, los increíbles buffets de los grandes hoteles, pero sinceramente, nos sentimos agobiados con la cantidad de gente, las filas y la irrealidad, y preferimos ir a un pequeño lugar en el que desayunamos delicioso: Park on fremont.

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Dato importante, sin van con niños no podrán disfrutar del patio interior que es súper lindo, pero podrán hacerse en la terraza exterior que, con lo rico que comimos, también vale la pena.

La travesía que decidimos emprender desde Las Vegas, fue conocer El Gran Cañón. Y nos dejó sin palabras lo increíble que es. Al contrario de Las Vegas, ahí, la realidad parece ficción y la naturaleza se abre camino para recordarnos el hermoso planeta en el que vivimos. La organización es impecable y la experiencia inexplicable. Un consejo, si van en verano, no se confíen del calor de las Vegas y lleven algo para abrigarse porque la temperatura baja y el viento es frío.

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Una parada linda antes de llegar al gran cañón es el pueblo de Williams al margen de la ruta 66, todo un clásico americano y en donde nos comimos el mejor pecan pie de la vida en el restaurante Pine Country.

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Dejando atrás la ficción y la realidad, nos despedimos de Nevada y Arizona, y cogimos rumbo a California.

Una cafetera de barro cocido, un vaso de agua, tres dientes de ajo y una ramita de hiedra.

“Eugénie permaneció sola frente a la mesa en la que sólo había una cafetera de barro cocido, un vaso de agua por si alguien tenía sed durante la noche y tres dientes de ajo de la cena. (…) Entonces vuelve a ver la mesa tal y como estaba la víspera, cuando ella es la última en marcharse después de apagar la lámpara. Saborea la quietud de la sala todavía tibia donde una familia feliz ha cenado, se entretiene en los recovecos oscuros que la tenue iluminación engalana con algunas perlas de luz; y su mirada regresa a la mesa donde sólo queda un vaso de agua junto a una cafetera y tres dientes de ajo olvidados. Entonces comprende que María, que a veces atraviesa la casa durante las horas sombrías del sueño, ha venido durante la noche y ha cambiado de sitio los dientes de ajo -algunos centímetros- y también el vaso de agua -unos milímetros más bien-, y que esa ínfima traslación de cinco elementos triviales ha cambiado el espacio por completo y, a partir de una mesa de cocina, ha engendrado una pintura viviente. Eugénie sabe que no tiene palabras porque ha nacido campesina; jamás ha visto un cuadro aparte de los que adornan la iglesia y cuentan la Historia Sagrada, y no conoce más belleza que la del vuelo de los pájaros, las auroras primaverales, los senderos de bosques claros y las risas de niños queridos. Pero sabe con una certeza de hierro que lo que ha llevado a cabo María con tres dientes de ajo y su vaso es una composición del ojo que corteja lo divino, y entonces observa que, además de los cambios en la disposición de las cosas, hay un añadido que el sol le revela al instante: una ramita de hiedra colocada justo al lado del vaso. Es perfecto. Tal vez Eugénie no tenga palabras, pero tiene talento (…) puede ver el equilibrio en el que la pequeña ha situado los elementos, la espléndida tensión que los habita y la sucesión de vacíos y de llenos sobre un fondo de oscuridad sedosa en el que se esculpe un espacio sublimado por un marco. Entonces, aún sin palabras pero por la gracia de la inocencia y del don, Eugénie, sola en la cocina con las cintas que peinan ochenta y seis años de infusiones de espino blanco, recibe en pleno corazón la magnificencia del arte.”

Así de simple y maravillosa es la experiencia del arte. Así de simple y maravillosa debía ser nuestra experiencia cotidiana frente al mundo que nos rodea, lleno de sorpresas, inmenso.

A muchos les cuesta entender la habilidad de ver estéticamente y aquí está Muriel Barbery, describiéndolo tan hermosa y simplemente en su libro La vida de los elfos (el cual todavía no he terminado). Dos personajes María y Eugénie, comparten cada una su destreza. La primera, sencilla y sensible, casi sin darse cuenta mueve los objetos cotidianos apenas milímetros, añade una ramita, simplemente para que el conjunto se vea hermoso. Se destaque. O quizás, de pronto solo porque le causa placer verlos asi dispuestos. Porque no podrían estar de otra manera. No para ella. La segunda, mujer de campo, es capaz de reconocer en ese pequeño gesto de acomodar una cafetera, un vaso de agua y tres dientes de ajo, la magnificencia del arte. Es capaz de dejarse emocionar y detener el tiempo para observar, para sentir.

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No todos somos capaces de señalar y enmarcar el mundo. Es ciertamente una habilidad de algunos. Pero el resto, que podríamos dejarnos maravillar por lo que día a día nos rodea, caminamos apurados por la vida y con demasiada frecuencia dejamos de ver. Aún peor. Con demasiada regularidad no nos permitimos parar, detenernos, tomarnos el tiempo por asalto y dejarnos llevar por la emoción, por nuestros sentidos.

Para mi, si es importante.

Para mi, aunque a muchos les parezca una tontería, es importante poner una mesa linda. Acomodar las flores para que resalten un rincón en mi casa. Acompañar un momento con la música precisa. Parar por la calle para ver la luz del sol atravesando las ramas de un árbol. Mover un par de centímetros algún objeto para que sus colores resalten.

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Pensar estéticamente es una costumbre que no puedo, ni quiero, dejar de tener. Algunos se ríen, “Juliana, que exageración, no pasa nada si la servilleta esta doblada hacia la derecha o hacia la izquierda, no importa que las flores estén en el centro de la mesa o hacia un lado!!!”…. Si, si importa. Si para mi. Las flores a un lado, rompen el equilibrio obvio y crean otro, más tenso, más interesante desde mi mirada… Si, si importa. Porque me causa placer, gozo. Porque me hace feliz como pega el sol en el cojín verde de la silla gris o porque me gusta que P llegue en la tarde y huela a flores. Quizás mis composiciones no cortejan lo divino como las de la pequeña María de Barbery, pero desde luego, el placer de jugar a componer entornos, me hace infinitamente feliz.

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Mi invitación es sencilla, no sé si fácil. Empecemos a caminar más despacio. Empecemos a ver la complejidad de lo simple y a dejarnos sorprender en este hallazgo. Una cafetera de barro cocido, un vaso de agua, tres dientes de ajo y una ramita de hiedra, pueden ser suficientes para descubrir la magnificencia del vasto mundo que nos rodea.

Un día que no tenía pinta de nada

P está de vacaciones y todos los días son una aventura. A veces no hacemos nada muy especial, pero otros días se convierten, sin pensarlo, en momentos maravillosos, de esos que esperamos en el futuro sean recuerdos amorosos. La verdad creo que a veces no hay que esforzarse tanto, dejarse llevar y de verdad meterse en la dinámica de juego que ellos tienen tan clara.

Desde hace varias semanas P nos había estado pidiendo que le regaláramos las cajas de cartón que ya no usábamos. Y en esta época navideña, van siendo unas cuantas… de zapatos, de electrodomésticos, de mercado… en fin, cajas de diferentes tamaños que fue guardando como un gran tesoro. Cada vez que le preguntábamos para qué las quería, decía que se podían usar en otra cosa y que no quería tirarlas.

Una mañana, de esas en las que mi mente está un poco en blanco y no se me ocurre mucho que proponerle a P, le dije que porqué no hacía algo con las cajas y me dijo que quería hacer una casa. Yo había planeado irme a hacer unas cuantas diligencias navideñas y pensé que la ayudaría en el inicio del proyecto, para luego irme y dejarla ocupada. Pero no pensé que me iba a divertir tanto y que, con toda la consciencia del mundo iba a decidir posponer cualquier diligencia, pues nada se comparaba al momento que estábamos pasando.

La idea, que me parecía un poco complicada al principio, resultó sencilla y muy, muy divertida.

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La participación clave de nosotros como adultos es cortar las cajas en donde ellos quieran la presencia de puertas o ventanas y ayudar un poco en pegar las cajas y fijarlas bien. Eso lo hicimos solo con pegante y cinta de enmascarar.

El diseño de la casa, lo fuimos pensando en conjunto, un cuarto aquí, la cocina allá, el baño más acá… P decidió que quería un ascensor e hizo todo un diseño con cuerda que me dejó muy impresionada…

Una vez armada toda la estructura, la decoración depende del gusto de cada niño y está sujeta a lo que tengamos en casa. Nosotras decidimos usar revistas y recortar mesas, sillas, muebles, texturas, flores, colores, etc… un montón de cosas que fuimos descubriendo en las páginas de viejas revistas y que fuimos recortando y pegando en nuestra casa. Cada uno de ustedes, puede decidir decorarla solo con papeles de colores o flores, hacer una versión absolutamente minimalista en blanco en negro, pintarla con vinilos, en fin, las opciones son miles.

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La casa aún no está terminada, cada vez que a P se le ocurre le pega algo nuevo, y quizás ese es uno de sus grandes encantos, el estar siempre en proceso. Lo que sí puedo asegurar, es que la usa sin parar. Es interesante, P tenía unas casitas de muñecas que le habíamos regalado anteriormente, pero no las usaba mucho. Sin embargo, esta casita, hecha por ella, ha sido la sensación y un gran motivo de orgullo… para ambas.

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Finalmente ese día, que no tenía pinta de nada, terminó siendo inolvidable y el proyecto, sugerido por P, resultó fantástico. Me dejé llevar y jugué feliz… ya podían hacerse más tarde las diligencias.

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