Sigo haciendo lo mismo…

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Edward Hopper, Room in Brooklyn, 1932

Hace muchos años estudié restauración de bienes muebles… cuando pienso en esa decisión, me acuerdo que era una opción ante la inexistencia de historia del arte como carrera en mi país, ante mis ganas de mirar los objetos desde sus historias sin enfrentarme al abismo de la creación que implicaba una carrera como artes plásticas. Me parecía también, craso error,  más profundo que las opciones de diseño que me coqueteaban en cada esquina… en fin, opte por restauración. Terminada la carrera, no quería ejercer tal y como estaba establecido. No quería trabajar restaurando cosas, me sentía fuera de lugar, de alguna manera que no tenía para nada clara en ese momento, sentía que ese oficio no hablaba del todo de mi. Y pasaron los años, las experiencias de vida, las exploraciones profesionales, los intentos, los ensayos y los errores…

Hoy, leyendo para escribir sobre mi proyecto de vida o mi trabajo, que hoy en día sería hablar de lo mismo, me encuentro con este párrafo que escribe Sonia Rayos en el texto Casas que son hogares de El libro de Las casas bellas de Kireei

“Hay una particular belleza que enamora en los hogares que envejecen, que solo se descubre a través del desgaste de los materiales nobles. Fragmentos de objetos cotidianos, mundanos, que se convierten en rincones donde apetece estar: los crujidos sinfónicos de los suelos de madera, los pliegues de la ropa de cama, los deshilachados bordes de una colcha hecha a mano… Casas vividas que parecen evolucionar en armonía con los que las habitan. Se convierten en una especie de diario doméstico tridimensional donde cada grieta, arañazo o marca registra un secreto, una memoria, una emoción o una historia. La pátina de una mesa de madera desgastada puede revelar las intimidades compartidas de una cena empapada en vino o de un desayuno de leche con cereales derramada por un niño”

Y entonces algo hizo click en mi interior y todo cobró sentido.

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Foto Julia Sosnitsky

Estudié restauración porque creo profundamente en la idea de que todo está conectado emocionalmente. Porque me atraía la idea de la historia no por el recuento de hechos y sucesos importantes socialmente, sino por todo aquello escondido entre sus líneas principales, por la atracción inevitable a los detalles que no necesariamente se encuentran en los grandes textos de historia, en los grandes discursos, sino en los detalles de un cuadro, los pliegues de una escultura, las grietas de una jarra, los poemas de una carta, las patas de una mesa o los cuentos que por generaciones se relatan cada noche antes de dormir. Estudié restauración, porque sin saberlo me atraía la idea de a través de un objeto, pensar el mundo, descubrir sus conexiones afectivas y los rastros que ellas dejan.

No me he alejado tanto ahora que lo pienso. Sigo haciendo lo mismo. Pero no con objetos, con proyectos, con la vida misma. Ahora me dedico a conectar acciones para crear experiencias, para crear momentos que nos afecten emocionalmente al sentirlos propios, trascendentes. Ahora cocino, escribo, pienso, trabajo, hablo, me río, habiendo entendido que las cosas no están fragmentadas, hacen parte de un ecosistema. Quiero vivir y trabajar como eso. Como un ecosistema y no como una máquina. Porque cuando pensamos en la lógica de la máquina trabajamos, como dice Michael Pollan, descomponiendo los sistemas en las partes que los integran con el fin de comprender cómo funcionan y después manipularlos, variable por variable, lo que nos lleva a recurrir a simplificaciones excesivas y a olvidar, entre otras cosas, los valores ecológicos, emocionales e intangibles que se suceden en los sistemas, la conexión entre todas las variables.

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Creo que cualquiera de mis amigos restauradores que si ejercieron quizá encontrarán afinidad con esta idea en su práctica profesional. Intervenir un objeto sin pensar en todos los factores que lo cruzan, que lo llenan de historia y de valor, no tendría sentido, no sería una práctica profesional responsable. Pienso lo mismo cuando me enfrento a un nuevo proyecto, profesional o personal. Las líneas transversales me apasionan, esas que se cruzan, se enredan, se tejen… esas que se vuelven red. De eso se trata, de pensar en red. Porque el pensamiento en red, como lo plantea Sonia Abadi, es la exploración, activación y utilización de un pensamiento integrador que permite estar a la vez imaginando y realizando, reflexionando e interactuando con los otros y con el mundo. Así que si, sigo haciendo lo mismo… eso si, mas consciente, mas tranquila, a mi ritmo y más feliz.

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María José Arjona, Nido, parte de Avistamiento, en Flora ars + natura, Bogotá, 2015.

Lazos tejidos a muchas manos

Alguna vez alguien me dijo que no se podía confiar en los amigos porque no te unen a ellos lazos de sangre. Esa afirmación retumba en mi cabeza y me irrita. Me irrita porque no creo en ella, porque si algo he tenido en la vida son grandes amigos, amigos que han estado ahí. Para reír, llorar, estar, gastar horas eternas oyéndome y dejándose oír… No todos han estado siempre, algunos han ido y han venido. Algunos nunca volvieron, otros no se han ido jamás.

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Los amigos son algo que reivindica la maravillosa capacidad de relación que tiene el ser humano solo por deseo, por querer y no por deber… quizás es esa una de las características que más me gusta de la amistad.

Es imposible que te obliguen a ser amigo de alguien. Las cosas se dan o no se dan. Esa gratuidad, esa capacidad eterna de establecer lazos de ida y vuelta que nos sostienen fuertemente en la vida y que no nos dejan caer, es algo que no quiero dejar de tener nunca.

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Tengo amigos porque quiero, porque los quiero y porque, así como me esfuerzo continuamente por no perder mi capacidad de asombro y de crear, me esfuerzo por mantener vivos los lazos que me unen a ellos. Por dar y recibir, por querer y dejarme querer.

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La vida me ha enseñado hermosamente que no es la cercanía lo que hace las amistades. Amistades en la lejanía se han ido fortaleciendo con los años y cuando volvemos a estar cerca parece que el tiempo hubiera parado su eterno andar para complacernos con la fantasía de nunca habernos alejado.

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La vida también me ha enseñado, que no es la similitud lo que hace las amistades. Amistades diversas, me han enriquecido con el aprendizaje del cariño en la diferencia, del respeto a ella y el enriquecimiento que me ofrece al mostrarme que la vida no se vive de una sola manera.

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La vida me ha regalado la lección de que no es la edad lo que nos acerca. Amistades de generaciones absolutamente dispares me han llenado con la sabiduría de otros tiempos y la aceptación de variados ritmos y maneras.

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La vida me ha demostrado que no son los años lo que asegura la amistad. Pareciera que la amistad rompe las reglas del tiempo, porque tengo amigos de la infancia que me conocen de siempre y amigos de hace días que me conocen ahora como si lo hicieran de toda la vida.

Tengo amigos que llenan mi vida a cada instante y la hacen feliz. Y no. Los lazos de sangre no son los únicos que hay en la vida. Los lazos tejidos a muchas manos y construidos en conjunto son fuertes y maravillosos y me declaro defensora rotunda de ellos. Si hay algo que quiero enseñarle a P, es la capacidad de abrirse a la amistad, a confiar, a dejarse caer en las redes construidas, porque estas son elásticas, resistentes y nos contienen, abrazan y protegen durante toda la vida.

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P.D. pido disculpas a todos los amigos que no quedaron en estas fotos. No estarán en fotos, pero hacen parte importante de mi vida.

Hay que seguir

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Hace días que he estado pensando cómo acercarme a estas páginas virtuales, pues la situación actual de mi país, me ha tenido conmocionada y con la cabeza en otra parte. Pensé en escribir sobre cualquier otro tema, pero me pareció deshonesto hacerme la loca, hacer como si no pasara nada, como si no tuviera el corazón en la garganta y mis emociones a flor de piel.

No voy a hacer un recuento de lo sucedido en mi país. Quien esté interesado, vivo en Colombia, solo es indagar un poco en internet y estarán ampliamente enterados de lo que por aquí ha pasado, está pasando.. Yo, como siempre, me referiré a mi, a lo que ha pasado por mi mente y alma… muy personal, si. Pero no hay otra manera de hacerlo y ya no me asusta el compromiso que hablar en primera persona significa.

Después de los resultados del 2 de octubre, debo aceptar que quede devastada. La sensación de desesperanza, malestar, rabia, vergüenza, tristeza, dolor… era insoportable. Pero quizás, lo más duro fue hacer conciencia de la realidad. Encontrarme de pronto con la realidad del país en el que vivo, con la realidad de la gente que lo habita, con la realidad de un mundo que tiene cosas que me aterran, me desconciertan. Lloré largo y tendido tratando de entender lo que sucedía y lo que me sucedía. Tratando de encontrar las palabras para explicarle mis emociones a P, que a sus 8 años ya entiende mucho, pero no todo.

Mis lágrimas se fueron secando al compartirlas con otros, al descubrir que lo más emocionante de estos días difíciles, ha sido sentir a la gente activa, necesitada de rituales y espacios de expresión. Sentir a la gente interesada. Y eso, quizás, más que tantas otras posibles respuestas, ha sido lo que he tratado de transmitirle a P. Porque así es la vida, no siempre el mundo funciona como lo deseamos y hay que aprender a reaccionar frente a estos momentos grandes o pequeños y sobreponernos. Además, como mamá, tengo la responsabilidad, si no la obligación, de enseñarle que hay que seguir actuando, que hay que seguir soñando.

Porque no puedo enseñarle a perderse en la sensación de derrota.

Creo sinceramente que toda esta situación, está siendo una oportunidad de oro para transmitirle a muchos,   pero especialmente a los más pequeños, la importancia de los duelos, los rituales, la conciencia histórica, el valor de cada uno de los individuos en los procesos de muchos… Pese al malestar que me invadió hace días, y que no termina de irse, he decidido utilizarlo como catalizador y convencerme de que hay mucho por hacer. Seguir creyendo en las pequeñas acciones cotidianas que construyen comunidad, que nos permiten crear lazos afectivos en un país que tanto los necesita. He decidido seguir soñando y comprometerme cada vez más en mis actos, mis palabras, mi día a día.

Y como creemos en los pequeños grandes actos, en estos últimos días hemos hecho parte de diferentes manifestaciones de estos. Rituales en los que hemos decidido participar, porque creemos profundamente en el poder sanador de los mismos. Rituales que hemos hecho junto a P, porque estamos convencidos de lo importante que es para los niños experimentarlos y sentirlos. Rituales y acciones que nos han permitido hacerle el duelo a este encuentro con la realidad que nos dejó con tanto malestar y que nos han dado la oportunidad para expresarnos más allá de las palabras, más allá de los discursos y prejuicios, y por el contrario más cerca a las emociones y a las personas, a la realidad de las pequeñas cosas que es en donde se han tejido las huellas de un conflicto que parece que no, pero nos ha afectado a todos.

Así entonces, pusimos velas y telas blancas en nuestro balcón, para expresar que queremos soñar con el inicio de una paz, que no se conseguirá inmediatamente, que no será la solución a todos los problemas, pero que sí será el primer paso para volver a creer en que los cambios son posibles.

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Como muchos otros, personajes anónimos, ofrecimos nuestro tiempo y nuestros pensamientos, guiados por la artista colombiana Doris Salcedo, a miles de víctimas de este conflicto armado tan eterno que ha vivido nuestro país, y cosimos junto a desconocidos, telas y telas con los nombres de las víctimas escritos con cenizas en ellas, creando una inmensa tela blanca que cubrió la plaza de Bolívar, para que esas víctimas, y las que no quedaron escritas, no cayeran en el olvido.  

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Marchamos en silencio durante varias horas para pedir por la continuación de un sueño, para exigir que este momento de incertidumbre no se prolongue en el tiempo y se llegue a decisiones pronto, para expresarle a todos los que han sido víctimas de esta guerra que estamos juntos en esto.

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Si algo he aprendido en estos días, es a no dejarme vencer por la desilusión y la tristeza y entender lo que tan fácil suena cuando no nos afecta: el valor de las pequeñas cosas y la importancia de seguir creyendo en ellas, de seguir soñando con que los cambios son posibles y que hay que seguir trabajando en ellos.

Un paso a la vez.

Si. Hay que seguir.

 

Lo que esta ahí para ser mezclado

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Encontré esta hermosa foto en el blog de Kireei y me enamoré de ella (la tomo prestada)

A veces, lo único que necesito es poner algo de música, abrir la nevera y empezar a cocinar. Nada pretencioso, nada muy elaborado, solo el resultado de la mezcla de lo que está ahí para ser mezclado.

Los sabores aparecen en mi mente como si de pinturas se trataran y quisieran teñir un lienzo en blanco. El plato final, es siempre el resultado de una composición mental, guiada por recuerdos, notas en el aire y las emociones que ese día me acompañan.

Adoro cocinar sin prisa, porque me permite dejar volar mis pensamientos para que jueguen con sensaciones más primarias. Sabores que hacen parte de mi historia y con los que me doy el permiso de componer una nueva historia que será probada con tenedor o cuchara y saboreada por quienes más quiero.

Perdida entre melodías, ritmos, fogones, frutas, verduras, cucharones… dejo pasar el tiempo. Me gusta como huele la cocina cuando estos momentos aparecen. Me gusta ver a P y a J asomarse curiosos a que los deje probar lo que se cuece entre mis juegos.

A veces, lo único que necesito es dejarme llevar por mis sentidos. Pensar poco y disfrutar.

Ayer por ejemplo cocine tres cosas que comparto con ustedes, sin recetas exactas, solo ideas para que las prueben, las disfruten y las hagan suyas.

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Crema de pimientos:

Primero puse los pimientos directamente en los fogones para que el fuego les quemara la piel y les diera ese sabor a tiempo y recuerdos de días en España que me hace tan feliz.

Luego les quite la piel y los corte burdamente en trozos grandes para pasarlos por la sartén con cebolla roja picada finamente, ajo pasado por el triturador de ajos, aceite de oliva, un trocito de mantequilla y sal. Luego de un rato conviviendo unos con otros, les agregue caldo de pollo (natural) que tenía congelado. Pequeño consejo, cuando cocinen pollo, para cualquier otra preparación, no boten el agua que les queda. Pónganla en un recipiente o un ziploc y congélenlo. Siempre será útil.

Al final metí todo en el procesador y le añadí crema agria.

Resultó una crema “abrazadora”, perfecta para días o noches fríos.

Compota de pera, mango, manzana y jengibre:

Puras frutas que fueron quedando olvidadas en el fondo de la nevera o el frutero y que estaban ya las pobres a punto de terminar en la basura. Pero como odio tirar comida, porque siempre pienso en las posibilidades desaprovechadas, decidí darles una segunda oportunidad pasando por la sartén.

Así entonces pique las frutas sin cuidado y las puse en la sartén con agua, azúcar morena, zumo de limón amarillo (que justo ayer volví a encontrar en el supermercado después de muchos meses) y ralladura de la cáscara del mismo limón.

Todo en el fuego hasta que la fruta estuvo blanda y la pude apretar toscamente con un tenedor y guardar todo cuidadosamente en un hermoso frasco de vidrio. Porque después de haber estado casi en la basura, las frutas transformadas en maravillosa compota debe subir al nivel del vidrio y recuperar la belleza que hace poco tuvieron al estar frescas, viéndose provocativas a través de la transparencia de un buen frasco.

Compota de ruibarbo y manzana:

El ruibarbo me ha parecido siempre un ingrediente maravilloso, pues al verlo crudo nadie sospecharía lo maravilloso que puede ser cocinado. Al cortarlo huele un poco a apio, fibroso y crujiente al tacto, parecería imposible pensar que la magia del fuego y el agua lo convertirá en suave, dulce y ácido a la vez. Adoro su sabor, pero también adoro los recuerdos que me evoca… tardes de yogurt con compota de ruibarbo hecha por mi mamá.  

Bueno, el caso es que en la nevera había un atado de ruibarbo, que descubrimos crece en la finca y que quienes la cuidan, después de casi eliminar esa planta que les parecía tan extraña y descubrir que a mi me encanta, me la mandan amorosamente de vez en cuando. Había también en el frutero unas cuantas manzanas que amenazaban con morir, pero que era posible rescatar, así que piqué todo y lo puse en el caldero mágico en el que se convierte mi sartén a veces, junto a agua, azúcar morena, nuevamente mis adorados limones amarillos y la ralladura de su cáscara y lo deje todo hasta que la fruta estuviera suave y deliciosa, merecedora también de un lindo frasco de vidrio.

Ojalá les gusten mis juegos de cocina.

Antes de irme, se me ocurre que, hablando de cocina y música, viene muy bien recomendarles un bello libro de Lunwerg editores:

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Y para terminar, les dejo una de las canciones que me acompaño ayer.

Children will listen…

Llevo varios días con una gripa que me tumbó en la cama y entre las muchas películas que he visto, me topé con una que hace mucho quería ver: “into the woods”, basada en el musical del mismo nombre de 1986.

Podría hablar de varias cosas en relación a la película, pero lo que hizo click en mí y me puso a pensar fue la canción con la que termina.

How do you say to your child in the night?
Nothing’s all black, but then nothing’s all white
How do you say it will all be all right
When you know that it might not be true?
What do you do?
Careful the things you say
Children will listen
Careful the things you do
Children will see and learn
Children may not obey, but children will listen
Children will look to you for which way to turn
To learn what to be
Careful before you say “Listen to me”
Children will listen
Careful the wish you make
Wishes are children
Careful the path they take
Wishes come true, not free
Careful the spell you cast
Not just on children
Sometimes a spell may last
Past what you can see
And turn against you
Careful the tale you tell
That is the spell
Children will listen
How do you say to a child who’s in flight
“Don’t slip away and I won’t hold so tight”
What can you say that no matter how slight
Won’t be misunderstood.
What do you leave to your child when you’re dead?
Only whatever you put in it’s head
Things that your mother and father had said
Which were left to them too
Careful what you say
Children will listen
Careful you do them too
Children will see
And learn
Guide them, but step away
Children will glisten
Tamper with what is true
And children will turn
If just to be free
Careful before you say
“Listen to me”
Children will listen

Y pensé en el poder de las palabras.

Es cierto, como dice la canción, son las palabras, los verdaderos hechizos. Los hay que nos bendicen y los hay que nos maldicen. Crecemos con unos y con otros. Pero, a diferencia de los cuentos de hadas, no siempre creemos que habrá contra hechizos, hadas madrinas que vendrán a salvarnos. Con frecuencia terminamos convencidos que somos sí o sí lo que esas palabras nos dicen. Olvidamos que alguien las puso ahí, alguien las mezcló en la pócima mágica que es nuestra personalidad.

Es cierto, debemos tener cuidado con lo que decimos, cuidado con lo que en secreto deseamos, cuidado con las decisiones que tomamos. Palabras, deseos, opciones que tomamos cuando no sentimos que estamos enseñando nada. Cuando hablamos en silencio y pensamos, quizás, solo en nosotros, olvidando que, ese nosotros solos, no existe. Nunca estamos solos y nunca lo estaremos, estaremos siempre conectados con otros y lo que hagamos tendrá repercusiones en ellos.

Cuidado porque siempre habrá alguien que escuche. Porque esas palabras, deseos, decisiones, volarán en el aire como el polen de las flores, para posarse en alguien, y transformar para siempre su vida.

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Pero las palabras, como los hechizos,  no son infalibles. Y, aunque de niños las escuchamos, también podemos cambiarlas. Mi mamá hace una analogía que me gusta mucho cuando uno habla de la historia de su vida, y es que esa historia, es un guión, una forma de narrar (no la única). Y como en los guiones, que pueden tacharse, adaptarse, cambiarse; en la vida nosotros podemos reconstruir ese guión. Transformar fragmentos, alterar roles.

Lo que hemos oído, los cuentos que nos contaron, la historia propia y de nuestras familias, el pasado, están ahí para que tengamos herramientas con las que escribir nuestro propio guión. Tenemos que dejar de sentir ese equipaje como un lastre y empezar a entenderlo como un soporte, un escalón, que necesariamente tendremos que subir para ver qué sigue adelante.

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Si, las palabras tienen poder, pero no estático, no por siempre jamás. Las palabras viven como nosotros y tenemos la responsabilidad de hacerlas nuestras, descubrir cómo está hecha la poción mágica que nos define y, como expertos cocineros, poder modificarla de manera que nos haga lo más felices que podamos. Lo cual, permítanme hacer la claridad, no significa estar siempre feliz, pues una vida feliz, está hecha de momentos, tristes, alegres, dolorosos, rabiosos, osados, tranquilos… momentos al fin y al cabo llenos de pequeños detalles, que son los que  al final harán maravillosa la vida.

Los niños escucharon y escucharán, pero siempre tendrán la posibilidad de empoderarse de lo que oyen y saber que pueden transformar los discursos, soñarlos diferentes y vivirlos a su manera.

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Si, ten cuidado con lo que deseas, ten cuidado con lo que dices… Porque los deseos se hacen realidad y las palabras caminos. Ten cuidado no porque den miedo, sino porque son poderosas.

 

**Acompaño estas palabras con tres ilustraciones hechas por Edward Gorey y con un video de Barbra Streisand cantando Carefully taughtChildren will listen

A propósito del día del padre

Ya lo dije alguna vez, mi historia es una historia de mujeres, pero han habido hombres maravillosos en ella y hoy, a propósito del día del padre, quiero hablar de ellos.

Dos han sido los hombres que cambiaron mi vida y aunque con los dos fue amor a primera vista, han sido amores muy diferentes.

Roma 1981

Mi papá llegó a mi vida cuando yo tenía poco más de dos años y creo que no hay que explicar esa llegada tardía, porque llegó para quedarse y ser el mejor papá del mundo, sin que la biología jugara ningún papel determinante en esto.

Desde el momento en que aceptó adentrarse en la aventura de su vida, lo hizo amorosa y generosamente, pero sobretodo comprometido con su nuevo rol de padre, aprendiendo día a día de nuestra relación y enseñándome que así son las relaciones, una construcción permanente que se enriquece con el tiempo.

Mi papá es un soñador, un idealista, un hombre comprometido con la vida y con su papel en ella. No le ha sido fácil caminar por esa senda, pero me ha enseñado que vale la pena mantenerse fiel a nuestros principios, a nuestros sueños. También me ha demostrado que el amor es más fuerte que todo. Ha sido mi cómplice y compañero de juegos.

Refunfuñón y terco, seco muchas veces, es de corazón y sensibilidad enormes. Sus manos hablan bien de él, grandes y fuertes, son a la vez tan delicadas que son capaces de dar caricias suaves, de limpiar lágrimas furtivas y de dibujar ratones imaginarios que me acompañaban al colegio los días grises de invierno en Paris, cuando levantarse era tan difícil. Siempre he dicho que mi papá es como un mojicón (un tipo de pan dulce colombiano), pues la capa de azúcar de afuera es áspera y carrasposa, pero su interior es dulce y blando.

Es una de las personas con más imaginación que conozco, capaz de contarle a su nieta historias interminables que nos dejan a todos boquiabiertos y envidiosos de su destreza y de su rico vocabulario. Noble, sincero y transparente, siempre me enseñó con su ejemplo que una pareja es un equipo en donde hombres y mujeres aportan, se acompañan, se estimulan y enriquecen. Feminista hasta la médula.

San Francisco, 2014

J llegó hace muchos años cuando menos lo esperaba. Me sorprendió su mirada, su capacidad de pensar en los detalles que me hacían feliz, su conversación fluida y la facilidad con la que me hacía reír y sentir querida.

Me enamoró el hombre que veía en él, aunque todavía era un niño. Mirando hacia atrás los años que llevamos juntos, descubro que comparto mi vida con un amigo, un cómplice, alguien en quien creo y quien cree en mí. No ha sido fácil, no se engañen, hemos tenido verdes y maduras, pero hemos logrado acoplarnos a los cambios de cada uno y crecer juntos, intentando siempre no olvidar que somos parte de la vida del otro, pero no la vida misma, porque creemos en lo maravilloso de compartir con ese otro amado, la vida que cada uno tiene.

Nunca dude del gran padre que sería. Supe desde siempre que volverse papá sería el triunfo de su vida y no me defraudó cuando P llegó a nuestras vidas. Verlo frágil, entregado, perdido en los ojos de su hija, me recordó lo vivido en mi infancia, cuando mi papá me rodeaba con su brazo y me hacía sentir protegida. J se dejó afectar por su hija, dejó que sus manos lo tocaran y que sus ojos lo miraran como nadie lo había hecho. Se dejó volver mejor hombre.

Siempre estarán entre mis recuerdos, las imágenes de J bañando a P desde que era una recién nacida, dejándola en su cuna en la madrugada para, sin haber dormido nada, bañarse e irse a trabajar, dándole el tetero en la penumbra e intimidad de la media noche, haciendo trenzas y pancakes en las mañanas, furioso en el jardín infantil cuando solo hacían referencia a “las mamás” y no hablaban de “los papás”… Lo he visto maquillado, peinado de mil maneras, dejándose operar o imaginando miles de hipótesis junto a P en relación a cual será la historia de la próxima película de star wars. Lo he visto oyéndola, compartiendo con ella su vida. Siempre ahí.

J ha apostado por la aventura de crecer. Le ha costado, como a casi todos, pero con miedo y valentía (porque si, se puede tener las dos cosas a la vez), el amor por nosotras, su familia, lo impulsó a querer conocerse, mirarse, cuestionarse, salir de su zona de confort y jugársela por una vida en compañía y en construcción permanente.

Mi papá y J, son dos hombres maravillosos, de los cuales me siento orgullosa. Y pese a asegurar que mi historia es una historia de mujeres, nunca sería la historia que es si ellos no hubieran aparecido en ella y hubieran decidido quedarse.

Nota: terminando este post, una gran amiga me compartió un texto de Alberto Soler que me cae como anillo al dedo, pues habla de hombres como mi papá y J. Hombres que “no ayudan a su mujer con los niños ni con las tareas de la casa”… que horror?? los invito a que le dediquen 5 minutos más a su tiempo de lectura en internet y lean este maravilloso post http://www.albertosoler.es/yo-no-ayudo-mujer-los-ninos-tareas-casa/

A propósito del día de la madre

Mi historia es una historia de mujeres. No porque no hayan hombres maravillosos en ella -de ellos hablaré en otro momento-, pero es una historia en donde llaman la atención mujeres que le apostaron a su autonomía, libertad y deseos.

Para mi, la historia comienza con mi bisabuela, la abuelita chiquita, como le decíamos debido a que con la edad se había encogido y era pequeñita. De tamaño, porque de carácter era grande.

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De ella sé que fué la primera mujer que manejó y que trabajó en su pueblo. Se divorció cuando no se hablaba de divorcio en este país y una vez separada construyó una pared que dividía los edificios que con su ex marido habían construído. Recuerdo sus manos arrugadas y como me dejaba jugar con su piel envejecida a estirarla para ver como se quedaba levantada. Tenía manchados los dedos por fumar, así como el techo sobre su cabeza en el lugar que diariamente ocupaba en el sofá. Nos dejaba a todos reírnos con las historias que contábamos de ella. Sé que adoraba leer y vivió hasta los 100 años.

Mi bisabuela tuvo tres hijas. A cual más de diferentes.

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Una de ellas mi adorada abuela. Rebelde desde que se supo, quería estudiar química, pero su papá no la dejó por no ser una profesión para mujeres. Se enamoró de un español, quizás porque hablaba de otros mundos y me atrevo a pensar que la hizo soñar. También se separó. Pero para sorpresa de muchos en su tiempo, simplemente porque aquel hombre no era la persona con quien se veía el resto de su vida. Mi abuelo no la maltrataba, no la engañaba, no era vago, ni alcohólico… como todo el mundo esperaba de un hombre si una mujer quería separarse de él. Pocos entendían en esos días, que a veces simplemente no es la persona para uno. Menos comprendieron que mi abuela aceptara a la nueva esposa de mi abuelo e hiciera que el mundo la respetara y le diera un lugar.

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Soñadora, apasionada, creativa, complicada… peleó siempre por lo que creía y por quienes quería. Mi abuelita se construyó un mundo que nos heredó a todos y me enseñó la grandeza de las pequeñas cosas, el disfrute de la estética.

Después vino mi mamá. Soñadora igual y creativa a su manera. Capaz de enfrentar cualquier dificultad, pero frágil en los detalles. Otro ejemplo maravilloso de luchar por lo que se quiere hacer en la vida y no por lo que toca. Juiciosa y loca a la vez, apasionada. Romántica empedernida, odia cocinar, pero hace platos con los que me relamo. Cose como nadie y escribe como pocos. Sabe escuchar. Siempre me ha dicho que lo importante es ser feliz y que muchas veces es mejor hacerle caso a las tripas y no a la cabeza (por lo menos en cuanto al amor se trata). Y entre todas las grandes lecciones que me ha dado, me enseñó que amar y dejarse amar es una experiencia maravillosa. Que un hombre, aquel con el que uno decida compartir su vida, es un compañero, un cómplice, un amigo de juegos y aventuras. Me dió un papá que adoro, cuando el primero renunció a compartir esta historia. la foto 2

Luego vine yo y ahí no me voy a detener.

Finalmente llegó Paloma. Con sus escasos 6 años (casi 7, me estaría corrigiendo si estuviera aquí y no en el colegio) es una gran mujer. No sé todavía cómo será de adulta, pero veo en ella la herencia de esta historia -obviamente compartida con la de su papá- y me esfuerzo por que tome todo lo bueno de ella y pueda liberarse de todo lo que no le sirva con facilidad. Que se sienta siempre empoderada de sí misma, de su ser mujer. Ella contará su historia más adelante, como bien lo dice La historia interminable, esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión. Sólo diré que nos ha enseñado mucho a todos y nos ha hecho revisarnos, repensarnos, cuestionarnos, ha sido un encantador catalizador para el crecimiento.

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Si, mi historia es una historia de mujeres. De mujeres que fueron madres, pero que abrieron caminos para no solo ser madres, caminos para llegar a mundos que parecían imposibles pero no por ello inalcanzables. Cada una en su momento consiguió a su manera dejarnos un legado de diversidad, de saber que como mujeres podemos elegir, explorar, expresarnos. Que podemos SER en toda la inmensidad de las posibilidades. Hoy, a propósito del día de la madre, pienso en lo maravilloso que ha sido hacer parte de esta historia de madres creativas y luchadoras, de esta historia de MUJERES en mayúscula. Espero hacerles justicia.