Sigo haciendo lo mismo…

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Edward Hopper, Room in Brooklyn, 1932

Hace muchos años estudié restauración de bienes muebles… cuando pienso en esa decisión, me acuerdo que era una opción ante la inexistencia de historia del arte como carrera en mi país, ante mis ganas de mirar los objetos desde sus historias sin enfrentarme al abismo de la creación que implicaba una carrera como artes plásticas. Me parecía también, craso error,  más profundo que las opciones de diseño que me coqueteaban en cada esquina… en fin, opte por restauración. Terminada la carrera, no quería ejercer tal y como estaba establecido. No quería trabajar restaurando cosas, me sentía fuera de lugar, de alguna manera que no tenía para nada clara en ese momento, sentía que ese oficio no hablaba del todo de mi. Y pasaron los años, las experiencias de vida, las exploraciones profesionales, los intentos, los ensayos y los errores…

Hoy, leyendo para escribir sobre mi proyecto de vida o mi trabajo, que hoy en día sería hablar de lo mismo, me encuentro con este párrafo que escribe Sonia Rayos en el texto Casas que son hogares de El libro de Las casas bellas de Kireei

“Hay una particular belleza que enamora en los hogares que envejecen, que solo se descubre a través del desgaste de los materiales nobles. Fragmentos de objetos cotidianos, mundanos, que se convierten en rincones donde apetece estar: los crujidos sinfónicos de los suelos de madera, los pliegues de la ropa de cama, los deshilachados bordes de una colcha hecha a mano… Casas vividas que parecen evolucionar en armonía con los que las habitan. Se convierten en una especie de diario doméstico tridimensional donde cada grieta, arañazo o marca registra un secreto, una memoria, una emoción o una historia. La pátina de una mesa de madera desgastada puede revelar las intimidades compartidas de una cena empapada en vino o de un desayuno de leche con cereales derramada por un niño”

Y entonces algo hizo click en mi interior y todo cobró sentido.

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Foto Julia Sosnitsky

Estudié restauración porque creo profundamente en la idea de que todo está conectado emocionalmente. Porque me atraía la idea de la historia no por el recuento de hechos y sucesos importantes socialmente, sino por todo aquello escondido entre sus líneas principales, por la atracción inevitable a los detalles que no necesariamente se encuentran en los grandes textos de historia, en los grandes discursos, sino en los detalles de un cuadro, los pliegues de una escultura, las grietas de una jarra, los poemas de una carta, las patas de una mesa o los cuentos que por generaciones se relatan cada noche antes de dormir. Estudié restauración, porque sin saberlo me atraía la idea de a través de un objeto, pensar el mundo, descubrir sus conexiones afectivas y los rastros que ellas dejan.

No me he alejado tanto ahora que lo pienso. Sigo haciendo lo mismo. Pero no con objetos, con proyectos, con la vida misma. Ahora me dedico a conectar acciones para crear experiencias, para crear momentos que nos afecten emocionalmente al sentirlos propios, trascendentes. Ahora cocino, escribo, pienso, trabajo, hablo, me río, habiendo entendido que las cosas no están fragmentadas, hacen parte de un ecosistema. Quiero vivir y trabajar como eso. Como un ecosistema y no como una máquina. Porque cuando pensamos en la lógica de la máquina trabajamos, como dice Michael Pollan, descomponiendo los sistemas en las partes que los integran con el fin de comprender cómo funcionan y después manipularlos, variable por variable, lo que nos lleva a recurrir a simplificaciones excesivas y a olvidar, entre otras cosas, los valores ecológicos, emocionales e intangibles que se suceden en los sistemas, la conexión entre todas las variables.

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Creo que cualquiera de mis amigos restauradores que si ejercieron quizá encontrarán afinidad con esta idea en su práctica profesional. Intervenir un objeto sin pensar en todos los factores que lo cruzan, que lo llenan de historia y de valor, no tendría sentido, no sería una práctica profesional responsable. Pienso lo mismo cuando me enfrento a un nuevo proyecto, profesional o personal. Las líneas transversales me apasionan, esas que se cruzan, se enredan, se tejen… esas que se vuelven red. De eso se trata, de pensar en red. Porque el pensamiento en red, como lo plantea Sonia Abadi, es la exploración, activación y utilización de un pensamiento integrador que permite estar a la vez imaginando y realizando, reflexionando e interactuando con los otros y con el mundo. Así que si, sigo haciendo lo mismo… eso si, mas consciente, mas tranquila, a mi ritmo y más feliz.

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María José Arjona, Nido, parte de Avistamiento, en Flora ars + natura, Bogotá, 2015.

Lo que esta ahí para ser mezclado

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Encontré esta hermosa foto en el blog de Kireei y me enamoré de ella (la tomo prestada)

A veces, lo único que necesito es poner algo de música, abrir la nevera y empezar a cocinar. Nada pretencioso, nada muy elaborado, solo el resultado de la mezcla de lo que está ahí para ser mezclado.

Los sabores aparecen en mi mente como si de pinturas se trataran y quisieran teñir un lienzo en blanco. El plato final, es siempre el resultado de una composición mental, guiada por recuerdos, notas en el aire y las emociones que ese día me acompañan.

Adoro cocinar sin prisa, porque me permite dejar volar mis pensamientos para que jueguen con sensaciones más primarias. Sabores que hacen parte de mi historia y con los que me doy el permiso de componer una nueva historia que será probada con tenedor o cuchara y saboreada por quienes más quiero.

Perdida entre melodías, ritmos, fogones, frutas, verduras, cucharones… dejo pasar el tiempo. Me gusta como huele la cocina cuando estos momentos aparecen. Me gusta ver a P y a J asomarse curiosos a que los deje probar lo que se cuece entre mis juegos.

A veces, lo único que necesito es dejarme llevar por mis sentidos. Pensar poco y disfrutar.

Ayer por ejemplo cocine tres cosas que comparto con ustedes, sin recetas exactas, solo ideas para que las prueben, las disfruten y las hagan suyas.

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Crema de pimientos:

Primero puse los pimientos directamente en los fogones para que el fuego les quemara la piel y les diera ese sabor a tiempo y recuerdos de días en España que me hace tan feliz.

Luego les quite la piel y los corte burdamente en trozos grandes para pasarlos por la sartén con cebolla roja picada finamente, ajo pasado por el triturador de ajos, aceite de oliva, un trocito de mantequilla y sal. Luego de un rato conviviendo unos con otros, les agregue caldo de pollo (natural) que tenía congelado. Pequeño consejo, cuando cocinen pollo, para cualquier otra preparación, no boten el agua que les queda. Pónganla en un recipiente o un ziploc y congélenlo. Siempre será útil.

Al final metí todo en el procesador y le añadí crema agria.

Resultó una crema “abrazadora”, perfecta para días o noches fríos.

Compota de pera, mango, manzana y jengibre:

Puras frutas que fueron quedando olvidadas en el fondo de la nevera o el frutero y que estaban ya las pobres a punto de terminar en la basura. Pero como odio tirar comida, porque siempre pienso en las posibilidades desaprovechadas, decidí darles una segunda oportunidad pasando por la sartén.

Así entonces pique las frutas sin cuidado y las puse en la sartén con agua, azúcar morena, zumo de limón amarillo (que justo ayer volví a encontrar en el supermercado después de muchos meses) y ralladura de la cáscara del mismo limón.

Todo en el fuego hasta que la fruta estuvo blanda y la pude apretar toscamente con un tenedor y guardar todo cuidadosamente en un hermoso frasco de vidrio. Porque después de haber estado casi en la basura, las frutas transformadas en maravillosa compota debe subir al nivel del vidrio y recuperar la belleza que hace poco tuvieron al estar frescas, viéndose provocativas a través de la transparencia de un buen frasco.

Compota de ruibarbo y manzana:

El ruibarbo me ha parecido siempre un ingrediente maravilloso, pues al verlo crudo nadie sospecharía lo maravilloso que puede ser cocinado. Al cortarlo huele un poco a apio, fibroso y crujiente al tacto, parecería imposible pensar que la magia del fuego y el agua lo convertirá en suave, dulce y ácido a la vez. Adoro su sabor, pero también adoro los recuerdos que me evoca… tardes de yogurt con compota de ruibarbo hecha por mi mamá.  

Bueno, el caso es que en la nevera había un atado de ruibarbo, que descubrimos crece en la finca y que quienes la cuidan, después de casi eliminar esa planta que les parecía tan extraña y descubrir que a mi me encanta, me la mandan amorosamente de vez en cuando. Había también en el frutero unas cuantas manzanas que amenazaban con morir, pero que era posible rescatar, así que piqué todo y lo puse en el caldero mágico en el que se convierte mi sartén a veces, junto a agua, azúcar morena, nuevamente mis adorados limones amarillos y la ralladura de su cáscara y lo deje todo hasta que la fruta estuviera suave y deliciosa, merecedora también de un lindo frasco de vidrio.

Ojalá les gusten mis juegos de cocina.

Antes de irme, se me ocurre que, hablando de cocina y música, viene muy bien recomendarles un bello libro de Lunwerg editores:

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Y para terminar, les dejo una de las canciones que me acompaño ayer.