Estamos llegando a la edad del no retorno

 

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Y entonces me pregunto, ¿era todo tan trascendental, tan importante?
Se que es una tontería pensar qué decisiones diferentes habría tomado si en ese momento supiera lo que ahora se, como habría sido mi adolescencia si la viviera la juliana de hoy; si, una tontería si lo pienso en relación a mi. Pero no es así que lo pienso. Lo hago en relación a P y entonces la pregunta se convierte en ¿cómo darle las herramientas suficientes para atravesar la adolescencia sin olvidar que la vida merece vivirse y que siempre, aunque a veces no lo parezca, habrá motivos para sorprenderse y soñar? ¿Cómo la hago sentir segura, amada, libre y protegida? ¿Cómo la lleno de fuerza para que se sienta capaz de ser quien es independiente de lo que el mundo le susurre a gritos que debe ser?

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Los años de la niñez van llegando a su fin, pero no siento nostalgia. Me he gozado cada instante al máximo y seguiré disfrutando los años que nos quedan de esta etapa, pero veo cerca el arribo de la adolescencia y miro a mi alrededor el mundo que la recibirá en este momento tan determinante de su vida (y seguramente de la nuestra con ella). ¿Cómo serán sus amigos? ¿Hasta donde debemos llegar? ¿Hasta donde respetar su espacio y su privacidad, sin dejar de estar presentes, atentos?

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Me pregunto con curiosidad, ansiedad y un poco de temor a lo desconocido, como surcaremos ese mar tempestuoso, fascinante y oscuro, que es la adolescencia, tratando de mantener la sonrisa en la cara y sujetándonos fuerte a la vida para seguir gozando. Me pregunto por qué los adultos con tanta frecuencia le restamos importancia a lo que los adolescentes sienten, piensan, temen y disfrutan. Por qué juzgamos tan fuertemente sus comportamientos olvidando que hacemos parte clave de ellos y que en gran medida hemos sido sus constructores.
Si, tal vez desde nuestro lugar actual, muchas de las cosas que a esa edad se viven como enormes, sean nimiedades, pero ¿olvidamos tan fácil como las sentimos nosotros? O ¿tanto miedo nos da ponernos en juego frente a su distancia y su mirada profunda, que preferimos creer que no existen, que no son importantes? Yo no quiero olvidarlo, no quiero negarlo. Pero no sé muy bien cómo afrontarlo pues hay mucho que desconozco, simplemente por una cuestión generacional, cronológica.
Tal vez, lo que más me inquieta en este momento es saber que los años cruciales para llenarla de posibilidades, de fuerza, de criterio, están llegando a su fin. Hace unos meses la pediatra nos lo dijo, “estamos llegando a la edad del no retorno. Las bases ya se están terminando de construir”.

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La verdad no tengo respuestas, tengo millones de preguntas. No tengo certezas, pero tengo la obligación de no olvidar que siempre hay opciones, variables, puntos de vista.
Tengo la obligación de mantener los ojos bien abiertos, el corazón permeable, la mente atenta, los brazos siempre dispuestos a sostener, a abrazar, la razón consciente de su disposición a errar, los oídos despejados… tengo la obligación de no olvidar lo que era sentir que el mundo giraba a veces demasiado rápido y de alguna manera ofrecerle a P lo que se ahora, para que ella tome lo que quiera, lo que le sirva, lo que necesite y deseche, sin yo reprochárselo, lo que quiera. Eso la convertirá en la mujer que ella quiera ser y espero la que un día abra los ojos y descubra que la adolescencia quedó atrás, que el mundo ahora gira a su ritmo y que ha encontrado su lugar. Y, ojalá, que haya podido sonreír y reír a carcajadas más de una vez mientras pasaba por esa etapa.
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*Hoy terminamos de ver “TH1RTEEN R3ASONS WHY“.

Creo que, más allá de toda polémica, todos los que tenemos hijos o nos relacionamos directamente con adolescentes, deberíamos verla y verla poniendo atención a las sutilezas, los matices, las cosas que “no parecen importantes”. (o si prefieren, pueden leer el libro)

**Acompaño estas palabras con las bellas ilustraciones de Ohgigue

El silencio

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Si algo disfruto enormemente de ser independiente y de haberme peleado (conmigo misma) el respetar mis propios ritmos, son los momentos de silencio. Esos momentos en donde estoy sola conmigo y mis pensamientos. El silencio, que gran lujo!!! Sobre todo en este momento que, tristemente, es tan poco valorado por tantos.

La verdad soy super habladora, amiguera, callejera, me encanta estar con gente y no podría hacer lo que hago si no fuera en relación con otros, colaborativamente. Soy una defensora acérrima de que las relaciones interpersonales son claves. Las reales, claro, nos las virtuales. Pero hoy pienso en esos momentos en que no hay nadie, no hay música, no hay palabras ajenas, no hay jefe pidiendo cosas, no hay teléfono, no hay televisión, no hay computador, no hay más que los ruidos de la calle o mejor, los del campo, cuando puedo darme ese permiso.

Hoy hay ruido en todas partes. Es como si el silencio nos asustara… nos confrontara.

Leía hace muy poco, dos libros de Catherine L´Ecuyer, Educar en el asombro y Educar en la realidad (maravillosos y recomendadisimos por cierto) en los que se hablan diferentes cosas sobre el silencio. Entre ellas, que el silencio es una parte muy importante del aprendizaje y es necesario para la reflexión, cosa que aunque nos pueda parecer muy obvia no se refleja en los datos de un estudio, que esta misma autora expone, en el que se muestra como un porcentaje muy alto de personas, preferían autoadministrarse una descarga eléctrica (un calambre), antes que permanecer sentados de seis a quince minutos en una habitación vacía sin otra distracción que sus propios pensamientos. ¿Tan aterrador es encontrarse con uno mismo? ¿tan desastroso es un momento de silencio?

Pienso mucho en esto, pues yo adoro estar en silencio, aunque muchos que me conocen no me lo crean. Adoro estar sentada oyendo los ruidos del exterior, la música del mundo que me rodea. Adoro también esa hora casi al final de la noche, un poco antes del amanecer, en que no suena nada y unos minutos después empieza la sinfonía de los cantos de los pájaros que habitan el parque frente a mi casa, el lento despertar de los habitantes de mi barrio, el paso de la noche al día.

Creo sinceramente que es muy importante reencontrarnos con el silencio y tener la valentía para confrontarnos con nuestros pensamientos, cuando, liberados de tanto ruido, tengan espacio para caminar por nuestra mente. Necesitamos restarle tiempo a la multiplicidad de estímulos externos que nos apabullan y marean, para recuperar ese tiempo para nosotros mismos y nuestro interior. Porque como tan hermosamente lo dice L´Ecuyer, El ruido no solo ensordece, sino que también acalla las preguntas que surgen del asombro ante la observación de la realidad.

Silencio, preguntas, asombro, observación, realidad… algunas de las cosas más necesarias en la vida y tristemente muy olvidadas por la distracción continua en la que nos encontramos.

Los invito a tener el valor de enfrentarse al silencio y aprender a quererlo, disfrutarlo y entenderlo como el mejor escenario para encontrarnos con nosotros mismos.

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Foto David Rodríguez