Tiempo, desarrollo, vida… PAN

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Después de mucho esperar, me lancé a la aventura de hacer pan. Y digo aventura porque en los tiempos que corren hoy en día, hacer pan es toda una experiencia, ya que hay que enfrentarse a un organismo vivo y a los avatares de la naturaleza misma. Tiempo, desarrollo, vida… hacer pan es mucho más que un trozo de pan comprado en cualquier tienda con el absoluto desconocimiento de todo lo que ha sucedido antes de terminar en una bolsa en nuestras manos.

Hace ya unos meses empecé a sentir la necesidad de enfrentarme al reto de hacer pan con masa madre. Cuidar mi masa madre, alimentarla y verla crecer y mientras tanto, leer, leer y leer miles de recetas, tutoriales, blogs y chats en los que se hablaba de la magia del pan. Pero me asuste. Parecía algo muy sencillo pero a la vez muy complicado y me daba un poco de rabia tener la sensación de sentirme tan perdida e insegura frente a algo que parecía tan fácil, algo que la humanidad ha hecho por años y años.

Pero me armé de valor y decidí hacer pan este el primer fin de semana de febrero. Quizás, porque pintaba como un fin de semana sin demasiados planes y casero. Quizás porque después de todo el ajetreo de las vacaciones y los viajes, este era el fin de semana de volver a la vida cotidiana, a las rutinas y a los ritmos conocidos y hacer pan, muy en mi interior era una declaración de intenciones para este año. Lento, organizado, orgánico, con un objetivo en mente, pero absolutamente consciente del paso a paso, del aquí y el ahora. Parece que cambie de tema y empecé a hablar del mindfulness tan de moda en estos días. Pero no, sigo hablando del pan, un proceso que muchos debíamos adoptar hoy en día, pues es muy meditativo, nos impone un ritmo muy diferente al que nos invade en estos tiempos.

Hacer pan, no resultó tan complicado y sí una experiencia maravillosamente gratificante. Claro, hay mucho por mejorar, por experimentar y por probar. Pero para un primer intento me doy por muy bien servida.

En fin, creo que el miedo a hacer pan se debe a la dificultad que tenemos para cambiar de ritmo, porque hacer pan es un proceso lento, un proceso que conserva el ritmo de otros tiempos, ese ritmo al que muchos ya no estamos acostumbrados, pero al que yo, personalmente, en ocasiones quiero acudir para calmarme, poner mi mente y mi corazón en el momento y disfrutar cada uno de los pasos.

Quizás hacer pan no es para todos. Tal vez algunos no quieren cambiar de ritmo por un tiempo o lo hacen de otras maneras, meditan, pintan, caminan… no se. Yo solo puedo decir que adoré la experiencia y que volveré a hacer pan cada vez que tenga ganas pues ya no tengo miedo. ¿Alguien más se lanza a la aventura?

Les comparto mi paso a paso por si alguien se anima y quiere probar esto de aprender a tener paciencia, aprender a esperar, aprender a respetar los ritmos y necesidades de otros seres vivos, aprender a observar la naturaleza y abrazarla, para al final, disfrutar de un delicioso trozo de pan en la boca.

  1. La masa madre

Yo no la hice de cero… gente muy especial me la regaló y la recibí como un hermoso regalo de vida. Pero me enfrenté al compromiso de alimentarla, cuidarla y quererla. No es tan complicado como pensé, simplemente hay que alimentarla con el doble de agua y de harina. Es decir, si tenemos 50 gr de masa madre, añadir 100 gr de harina y 100 ml de agua, mejor no de la llave (hay más métodos, pero ese es el más básico) Mezclar bien todo y dejarlo en un bol bien tapado con plástico o en un tarro de vidrio cerrado con tapa. Poco a poco verán que la masa empieza a respirar, a vivir. Crece y le salen muchas burbujas de aire. Esto hay que hacerlo día de por medio más o menos y entre una alimentación y otra, tenerla en la nevera para que se conserve más. Hay que hacer este proceso siempre que se quiera hacer pan, pues la masa madre debe estar muy despierta cuando se hace el pan.

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  1. El pan

Con la masa madre despierta o refrescada como dicen, la receta es la siguiente: (yo seguí los pasos de la generosa Luciana y me deje aconsejar cariñosamente por ella y por  Julia. Gracias a sus consejos y a su buena energía, me fue muy bien)

Ingredientes:

200 gr de masa madre

500 gr de harina de fuerza o panificadora

300 ml de agua al clima

1 cucharada de sal

Pasos:

Mezclar todos los ingredientes y dejar reposar en un bol, tapado con un paño de cocina, por 30 minutos.

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Pasado ese tiempo, aceitar el mesón de la cocina y amasar la mezcla siguiendo la técnica de los amasados cortos. Esto es: volcar la masa sobre el mesón engrasado, halar un extremo de la misma hacia el interior y continuar con el siguiente en círculo. Hay que hacerlo 12 veces, dejando reposar en el bol tapado con un paño por 10/15 minutos, entre amasado y amasado. Este proceso de amasado se repite 5 veces, con sus respectivos tiempos de reposo.

Después del último apretado de la masa, se deja en el bol, con la parte templada hacia arriba, tapada con el paño, hasta que leve el doble de su tamaño. (Yo la dejé más o menos desde las 10:00 pm hasta las 7:30 am del día siguiente, pero todo depende de la temperatura ambiente en la que se esté. Lo mejor, como dice Luciana, es ir mirando la masa hasta ver que ha crecido lo esperado)

Una vez haya levado, se vuelca sobre el mesón enharinado y se “bolea” la masa, lo que significa apretarla hacia afuera como metiendo los extremos de una sábana en la cama formando una bolita que se pone en una olla de hierro tipo cocotte, con la parte bonita (templada) hacia arriba.

En la olla se deja tapada con un paño para que leve por segunda vez.

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Cuando haya doblado su tamaño, que es más o menos cuando la masa ya toca las paredes de la olla, hay que hacerle cortes a la masa en la superficie con un cuchillo, se tapa la olla (quitando el pomo de la tapa) y se mete al horno.

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Los primeros 15 minutos a 220 grados, luego se destapa la olla y se deja 10 minutos a 210 grados y finalmente 35 minutos a 200 grados o hasta que la corteza esté dorada y al darle golpecitos suene hueco.

Es súper importante que el horno tenga vapor, para lo que se puede atomizar las paredes del horno con un flu flu o poner un recipiente con agua dentro del horno (esto es clave para la corteza)

Una vez fuera del horno, dejar enfriar sobre rejilla y comérselo como uno quiera!! Este es el momento más difícil, pues toda la casa huele a pan, ya has tocado la corteza crujiente y dan ganas de comérselo a penas sale del horno!!! 

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Tal vez, no hay que tratar tanto

Antes que nada, Feliz nuevo año a todos!!! Espero hayan tenido unas maravillosas fiestas y estén empezando el año llenos de sueños por cumplir.

P y M en la ventana

En estos días de vacaciones y de niños en casa, he pensado mucho en los comentarios que casi por defecto hacemos “que largas las vacaciones!!”, “¿qué organizo para que no se aburra?”, “pobre, lleva todo el día en la casa!!” etc… y en cómo muchos adultos se sienten muy agobiados en relación a los tiempos libres de sus hijos.

A veces creo que las mamás y papás de estos tiempos, sienten que para ser buenos padres deben esforzarse mucho… no me mal entiendan, desde luego creo que ser padres, implica un compromiso serio, una constante evaluación y una capacidad autorreflexiva y autocrítica muy alta. Pero me parece que hoy en día, por lo menos en mi entorno, las mamás y los papás, se sienten con la obligación de dar todo lo mejor a sus hijos; cursos, clases, millones de actividades… Con frecuencia pienso que hay que relajarse, gozar los momentos compartidos y seguir atesorando los propios (de uno y de sus hijos, porque ellos también necesitan tiempo propio y a solas)

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Creo que tenemos que esforzarnos menos en crear y moderar espacios para y con los niños y dejarlos más vivir su infancia. Dejarlos que inventen, propongan, descubran, y también, si señores, que se aburran, pues definitivamente aburrirse es un gran catalizador creativo.

Quizás tenemos que preocuparnos menos porque nuestros hijos accedan siempre a lo mejor de todo, tal vez con la fantasía -no aceptada o consciente- de que sean los mejores en todo. No estar rodeado siempre por lo mejor o no tener siempre acceso a las mejores ofertas es importante. Importante para aprender a construir con lo que hay, con lo que se puede. No siempre podemos ofrecerles un tiempo de calidad, creativo, enriquecedor, etc, etc… a veces estamos ocupados con millones de cosas, no tenemos la mejor actitud, estamos tristes, enojados… en fin, somos humanos y la vida no siempre es perfecta, menos mal. Pero no necesariamente hay que sentirse en deuda o en falta por eso.

Alguna vez leí en un libro de Louise Hay que tenemos que aceptar y entender que nuestros padres hicieron lo mejor que podían con lo que tenían y, quizás, dejar de poner todas nuestras tristezas, rabias y nostalgias en ellos y aprender a vivir con la historia que a cada uno nos tocó. Es importante aprender eso, porque así es como creo que hay que vivir la vida, lo mejor que se pueda con lo que se tenga. No me entiendan mal, no estoy diciendo que hay que ser mediocres, resignados o conformistas, mucho menos que no hay que esforzarse por los hijos. Simplemente digo que no hay que tratar tanto, que hay que relajarse y permitir que la vida fluya con más tranquilidad, no tan rápido ni con tantas expectativas como el mundo actual nos hace creer.

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Como todo en la vida, creo que se trata de ritmos y equilibrios. Y esos, amigos míos, no los da nadie, no se encuentran afuera. Esos, hay que buscarlos, pelearlos, defenderlos. Esos son propios, íntimos, transformables y maleables.

Ser mamá y ser papá no es sencillo, pero no es una tortura. Los meses de vacaciones no deberían ser un drama, si podemos estar, bien, delicioso compartir y disfrutar de ese momento, pero si no podemos estar, nuestros hijos también son capaces de divertirse, encontrar entretenciones y disfrutar su propio tiempo. Campamentos, cursos de vacaciones, actividades, son maravillosos, si no se convierten en obligaciones o en motivos de angustia si no son frecuentes. No tener todo planeado, organizado y ocupado, no es grave. De hecho, creo que es una gran oportunidad para todo lo posible.

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Una palabra clave: decidir

Soy, sin lugar a dudas una mujer que se siente orgullosa de serlo. Una mujer, que siempre ha sentido que merece lo mismo que un hombre y que por lo mismo, también tiene semejantes responsabilidades. Una mujer con sueños, ilusiones y metas en la vida.

Agradezco enormemente a todas las mujeres que hace muchos años decidieron dar la pelea para que hoy pudiéramos acceder a muchos de los espacios que se creían exclusivos para hombres… pero todavía nos falta mucho y creo que hoy, es importante replantear los términos y volver a cuestionarnos.

Apoderarse de la capacidad de decidir, es la gran batalla. Pero es una batalla que no podemos dar solo nosotras. Porque mis queridos hombres sin saberlo, al seguir siendo cómplices de este sistema que les ha resultado tan cómodo por tantos años, se están perdiendo de maravillosas cosas de la vida que otros han empezado a disfrutar. La posibilidad de ser flexibles, generosos y abiertos a los cambios es la gran lucha de la vida en pareja. Porque como mujeres y como hombres, hoy en día lo queremos todo en una sociedad que no fácilmente nos lo permite.

Los hijos ya no son solo de las mujeres, el trabajo no es solo de los hombres, todos queremos tiempo a solas, todos queremos cumplir nuestros sueños. No es fácil. Pero de a dos es más sencillo. Juntos, tenemos que conseguir una sociedad más conciliadora, en donde el tiempo de tener hijos, no se considere una intromisión en la carrera profesional de ninguno. En donde tanto padres como madres, puedan tener tiempo para estar en familia, sin que esto afecte su estabilidad laboral. Una sociedad que respete nuestros ritmos, porque con seguridad seremos más “productivos” de esta manera, pero sobre todo más felices.

Decidir qué queremos ser, por encima de qué tenemos que hacer.

Quiero compartirles un fragmento de un libro maravilloso, escrito hace ya varios años, pero que sigue siendo terriblemente vigente. Pero quiero que los hombres que me leen, lean este texto cambiando el género, y se tomen el tiempo, sincero y consciente, de pensar si no desean lo mismo. ¿Acaso no queremos todos tener la oportunidad de DECIDIR? No se confundan queridos hombres, a ustedes tampoco les es fácil hacerlo libremente.

QUIERO VOLVER A CASA, no necesariamente todo el tiempo.
QUIERO VOLVER A CASA, más a menudo, más tiempo, más libremente.
QUIERO VOLVER A CASA, allí está mi punto de amarre, mi centro de gravedad. La toma de ternura donde puedo recargar las baterías de mi energía.
QUIERO VOLVER A CASA, no quiero pasarme la vida yendo a ver a otra parte si he llegado.
Me niego a optar entre mi destino de mujer que trabaja y mi vida de madre de familia.
No acepto morir el año entero ni de aburrimiento doméstico, ni de fatiga profesional.
No quiero ver a mis hijos ni dos horas por día corriendo, ni doce horas por día gritando.
No creo ni en el trabajo liberador ni en el sacrificio femenino incondicional.
No me considero ni una herramienta de trabajo, ni un aparato electrodoméstico.
Tengo ganas de vivir.
Quiero todo a la vez.
¡Estoy harta de ser una mujer dividida en dos!

Christiane Collange
Je veux rentrer a la maison
Editions Grasset et Fasquelle
1979

Esta es una pelea que muchas mujeres, tal vez no las suficientes, han empezado a librar. Anhelamos conseguir espacios más conciliadores, en donde sin dramas ni terribles esfuerzos podamos articular los diferentes aspectos de nuestra vida. Porque si, la vida tiene muchos matices. Somos mujeres, madres, amigas, esposas, profesionales, exploradoras, soñadoras, batalladoras… Sin embargo, quizás una de las cosas que más me sorprende es que sean pocos los hombres los que también quieran dar esa batalla. Cómo si la vida en familia, íntima y cotidiana fuera territorio exclusivo de las mujeres. No señores, los territorios no son exclusivos y si nosotras luchamos por ganarnos los que se creían masculinos, ustedes también tienen derecho a los que todavía se creen femeninos.

Ernest et Celestine

Creo, cada vez con más fuerza, que el lugar de poder que han ocupado los hombres, ha cegado a muchos la posibilidad de una vida diversa y plena. Sintiendo que tienen derecho a todo, irónicamente se han negado la libertad de vivir lo femenino. Qué paradoja!

Si, soy una mujer que se siente orgullosa de serlo. Pero que quiere serlo a su propio ritmo y bajo sus propios estándares. No quiero ser la mujer perfecta, la amiga perfecta, la profesional perfecta… quiero ser la mujer que soy. Una mujer que quiere poder apostarle a la felicidad y que quiere hacerlo en pareja, sin sentir que dará una batalla sola. Quiero decidir libremente, sin culpa, sin malas caras. Porque si vencemos esta batalla, nos beneficiaremos todos.

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Nota: Acompaño este texto con las bellas ilustraciones de los libros de Ernest et Celestine, de Gabrielle Vincent. Un bello ejemplo de un papá sin miedo a vivir lo femenino.