Sigo haciendo lo mismo…

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Edward Hopper, Room in Brooklyn, 1932

Hace muchos años estudié restauración de bienes muebles… cuando pienso en esa decisión, me acuerdo que era una opción ante la inexistencia de historia del arte como carrera en mi país, ante mis ganas de mirar los objetos desde sus historias sin enfrentarme al abismo de la creación que implicaba una carrera como artes plásticas. Me parecía también, craso error,  más profundo que las opciones de diseño que me coqueteaban en cada esquina… en fin, opte por restauración. Terminada la carrera, no quería ejercer tal y como estaba establecido. No quería trabajar restaurando cosas, me sentía fuera de lugar, de alguna manera que no tenía para nada clara en ese momento, sentía que ese oficio no hablaba del todo de mi. Y pasaron los años, las experiencias de vida, las exploraciones profesionales, los intentos, los ensayos y los errores…

Hoy, leyendo para escribir sobre mi proyecto de vida o mi trabajo, que hoy en día sería hablar de lo mismo, me encuentro con este párrafo que escribe Sonia Rayos en el texto Casas que son hogares de El libro de Las casas bellas de Kireei

“Hay una particular belleza que enamora en los hogares que envejecen, que solo se descubre a través del desgaste de los materiales nobles. Fragmentos de objetos cotidianos, mundanos, que se convierten en rincones donde apetece estar: los crujidos sinfónicos de los suelos de madera, los pliegues de la ropa de cama, los deshilachados bordes de una colcha hecha a mano… Casas vividas que parecen evolucionar en armonía con los que las habitan. Se convierten en una especie de diario doméstico tridimensional donde cada grieta, arañazo o marca registra un secreto, una memoria, una emoción o una historia. La pátina de una mesa de madera desgastada puede revelar las intimidades compartidas de una cena empapada en vino o de un desayuno de leche con cereales derramada por un niño”

Y entonces algo hizo click en mi interior y todo cobró sentido.

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Foto Julia Sosnitsky

Estudié restauración porque creo profundamente en la idea de que todo está conectado emocionalmente. Porque me atraía la idea de la historia no por el recuento de hechos y sucesos importantes socialmente, sino por todo aquello escondido entre sus líneas principales, por la atracción inevitable a los detalles que no necesariamente se encuentran en los grandes textos de historia, en los grandes discursos, sino en los detalles de un cuadro, los pliegues de una escultura, las grietas de una jarra, los poemas de una carta, las patas de una mesa o los cuentos que por generaciones se relatan cada noche antes de dormir. Estudié restauración, porque sin saberlo me atraía la idea de a través de un objeto, pensar el mundo, descubrir sus conexiones afectivas y los rastros que ellas dejan.

No me he alejado tanto ahora que lo pienso. Sigo haciendo lo mismo. Pero no con objetos, con proyectos, con la vida misma. Ahora me dedico a conectar acciones para crear experiencias, para crear momentos que nos afecten emocionalmente al sentirlos propios, trascendentes. Ahora cocino, escribo, pienso, trabajo, hablo, me río, habiendo entendido que las cosas no están fragmentadas, hacen parte de un ecosistema. Quiero vivir y trabajar como eso. Como un ecosistema y no como una máquina. Porque cuando pensamos en la lógica de la máquina trabajamos, como dice Michael Pollan, descomponiendo los sistemas en las partes que los integran con el fin de comprender cómo funcionan y después manipularlos, variable por variable, lo que nos lleva a recurrir a simplificaciones excesivas y a olvidar, entre otras cosas, los valores ecológicos, emocionales e intangibles que se suceden en los sistemas, la conexión entre todas las variables.

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Creo que cualquiera de mis amigos restauradores que si ejercieron quizá encontrarán afinidad con esta idea en su práctica profesional. Intervenir un objeto sin pensar en todos los factores que lo cruzan, que lo llenan de historia y de valor, no tendría sentido, no sería una práctica profesional responsable. Pienso lo mismo cuando me enfrento a un nuevo proyecto, profesional o personal. Las líneas transversales me apasionan, esas que se cruzan, se enredan, se tejen… esas que se vuelven red. De eso se trata, de pensar en red. Porque el pensamiento en red, como lo plantea Sonia Abadi, es la exploración, activación y utilización de un pensamiento integrador que permite estar a la vez imaginando y realizando, reflexionando e interactuando con los otros y con el mundo. Así que si, sigo haciendo lo mismo… eso si, mas consciente, mas tranquila, a mi ritmo y más feliz.

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María José Arjona, Nido, parte de Avistamiento, en Flora ars + natura, Bogotá, 2015.

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Un pedacito de amor en la maleta

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Desde hace un poco más de un año P dió inicio a su vida en primaria y empezamos a enviarle lonchera. Antes no era necesario porque le daban las onces en el colegio, así que era un tema en el que no pensábamos mucho más allá de conocer que le daban, para saber que eran ricas y balanceadas.

Pero con esta nueva etapa escolar, nos enfrentamos a un nuevo reto, preparar la lonchera todos los días. Teníamos claro que no queríamos recurrir a las opciones chatarra: paquetes de chucherías, gaseosas, dulces y el sinfín de productos pre fabricados que ofrece el mercado para estos snacks infantiles. No solo porque nos parecen poco saludables y nutritivas, sino principalmente, porque nos parecían despreocupadas, fáciles, vacías…

Sin pensarlo, la lonchera se fue convirtiendo en un pedacito de amor que le mandamos a P en su maleta todos los días. Una manera no verbal de decirle que la queremos, la cuidamos, la acompañamos. Y entonces, nunca fué, como alguna vez pensamos que podría ser, una dificultad, un gasto de tiempo o una complicación. Pensar y organizar la lonchera es como una pequeña carta de amor que diariamente le escribimos a nuestra hija para decirle que siempre estaremos ahí aunque no pueda tocarnos con sus manos.

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Para mi todo es importante, que sea rico, pensado, bien puesto, que huela bien… siempre pienso en la diversidad, porque a mi personalmente, me aburre enormemente comer siempre lo mismo. Hay días de sal, días de dulce, días indulgentes… y la verdad, no quita tiempo, da tiempo. Tiempo para pensar en sus gustos, en sus necesidades, en ella, en nosotros… que manía esa terrible obsesión actual por ahorrar tiempo. Comprar unos paquetes, unos jugos envasados y no pensar, meter todo de afán en cualquier maleta y salir de eso. He decidido que el tiempo lo ahorro, si hace falta, en otras cosas, pero no en eso. Así que hago miles de cosas que me gusta mandarle en las mañanas para que la hagan feliz. Y no solo hablo de comida. A veces, mando una pequeña nota en la que le digo algo bonito, porque, ¿no es maravilloso sorprenderse con palabras lindas en medio del dia?

No se asusten, no se trata de complicarse, hay un montón de cosas fáciles que se pueden preparar. Yo les voy a contar las que más nos gustan en esta casa, pero cada casa tiene sus gustos y preferencias, no hay una sola forma de hacerlo. La idea es que sea divertido, sencillo, rico y que se convierta en un acto amoroso y placentero y no en un agobio. En últimas, independiente de lo que vaya metido en la lonchera, aunque creo que quedaron bien claras nuestras preferencias, se trata del tiempo dedicado, del estar presente en esos pequeños actos que, aunque podrían pensarse sin importancia, lo son todo.

Aquí van nuestros favoritos:

Lonchera 1:  Pizza casera + fruta + agua con algún trozo de fruta adentro.

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La pizza es facilísima de hacer, es solo coger un pan árabe, ponerle pasta de tomate o alguna salsa de pasta rica, añadirle queso y orégano y meterla al horno hasta que el queso se derrita. A veces le añado champiñones, jamón, o rugula, pero eso ya depende del gusto de cada familia.

Al agua me gusta ponerle trozos de fruta o hierbas  para saborizarla, piña, arándanos, menta, fresas, moras, limón, pepino cohombro… lo que haya en la nevera, junto o separado. A veces a P le gusta sin nada. Agua sin más. Pero si a ustedes les gustan los jugos, pues jugos y no aguas.

Lonchera 2: barritas de pan con nutella  o pan de banano y nutella + fresas + bebida natural. También se puede cambiar el pan con nutella por barritas de pan con mantequilla y miel o mermelada o con queso crema 

Lonchera 3: wrap de queso y jamón + fruta + almendras (o un chocolate) + bebida natural

Lonchera 4: pancakes + sirup (en un frasquito aparte) + fruta + bebida natural. A veces le añado unas salchichitas o cambio el sirup  por azucar pulverizada o mermelada.

Lonchera 5: yogurt + miel (en frasquito aparte) + cereal  (también en frasquito aparte para que llegue crujiente y no blandito por la humedad del yogurt)+ fruta + bebida natural

Lonchera 6: ensalada de frutas + granola (en un recipiente aparte) + bebida natural. Cuando quiero sorprenderla con una pequeña indulgencia, le añado un par de merenguitos. 

Lonchera 7: barritas de pan tostado con miel (a veces van con mermelada o queso crema)+ fruta + bebida natural

Lonchera 8:  brownies o galletas de avena caseros + fruta + bebida natural. También se puede añadir un queso. 

Lonchera 9: platanitos o palitroques o palitos de zanahoria y apio + queso crema o sour cream + bebida natural + compota de fruta

Lonchera 10: queso pera + manzana + mantequilla de maní natural + almendras + bebida natural

Lonchera 11: totopos + pico de gallo o salsa mexicana + fruta + bebida natural

Lonchera 12: Pan de banano + mango biche con sal, limón y miel + bebida natural

 

Espero que les gusten las sugerencias, pero sobretodo, que los inspiren para crear sus propias combinaciones y mandar en la lonchera un trocito de amor a sus hijos.

 

No está mas con nosotros

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Ha pasado el tiempo y me sigue costando entender que ya no está con nosotros. Esta en mis palabras, en la puesta del sol cuando su luz ilumina las fachadas y las vuelve rojizas, está en el pan que preparo con paciencia y tiempo, esta en el sorbo de té que baja por mi garganta cuando necesito el calor tibio en mis huesos…

Con tanta frecuencia pienso en todo lo que quisiera compartir con ella cada día, el  mundo que empiezo a ver con los ojos bien abiertos y a sentir con el corazón más que con la cabeza. Pienso en la risa de P que quisiera que ella oyera, en lo que sale del horno de mi casa que quisiera que ella probara… y descubro que su partida me mostró un camino que desconocía, me ayudó a ver la vida con el alma.

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Quizás empecé a escribir este blog porque sin darme cuenta era a ella a quien quería contarle todas estas cosas, porque sentía la necesidad de decirlas al viento para que le llegaran a ese ser que ya no ocupaba un cuerpo. Y me descubrí hablando sin miedo de mi vida. Abriendo las ventanas de mi ser para quien quisiera ver adentro y tal vez, encontrar cosas con las que sentirse afín, emocionado, ilusionado… Alcé la voz, aunque escriba en silencio, para hablar de todo lo que pasa por mi cabeza, para poner en palabras, o intentar hacerlo, esos pensamientos que son mi día a día.

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Ha pasado el tiempo y creí que me haría menos falta, pero no es así en lo absoluto, sin embargo, el tiempo me ha servido para aceptar que ya no está con nosotros, está en nosotros.

Hoy entiendo que la muerte de quienes más queremos nos convierte, si nos lo permitimos, en seres más sensibles, más abiertos a dejarnos afectar, impresionar, transformar, emocionar… porque entendemos que el tiempo está siempre ahí, pero depende de nosotros vivirlo; porque entendemos que el amor tiene más de una faceta y que todas vale la pena sentirlas; porque entendemos que la muerte no es solo el final, es también la oportunidad de nuevos comienzos, del despertar de emociones dormidas, cohibidas.

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Con su muerte, mi mundo se movió. El suelo perdió su aparente estabilidad y me vine abajo. Pero al irme levantando, al ir abriendo los ojos después de haber llorado tanto, empecé a percibir el mundo de otra manera, a permitirme verlo de otra manera. Y aunque nunca dejaré de extrañar su voz, su olor, su piel entre mis manos, su abrazo infinito, seguiré escribiendo para contarle mi vida, y a través de ella, a todos los que quieran leerme. Seguiré hablando de mi vida sin miedo, alto y claro, con orgullo y sin temor de ser vista por los otros, porque creo que es ahí, en el abrirse sin miedo a otros en donde se consigue una construcción de vida más real, más honesta, más empática con el mundo. Seguiré construyendo mi vida convencida de la importancia de jugársela todo por lo que uno ama, de la importancia de soñar para atreverse a hacer y del valor de conectar con gente que siempre enriquecerá nuestro mundo al hacerlo diverso, amoroso y confortable. Seguiré construyendo mi vida con ella, ya no entre nosotros, pero siempre ahí.

Se llamaba Julia.

(Hoy vimos Belleza colateral)

Hygge

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El otro día viendo el capítulo de Ilse Crawford de Abstract en Netflix, descubrí un término danés que hizo click con todos mis pensamientos y emociones, Hygge.

Este término que se pronuncia algo así como Hu-ga y que no tiene traducción al español, habla del saber estar, de la capacidad de disfrutar el momento presente y de todo lo maravilloso que puede ser si le damos valor a las pequeñas cosas, a las cosas normales, cotidianas, conocidas. Ese estar con la gente que quieres, cómodamente, hablando sin prisas y disfrutando de un buen vino y una deliciosa comida. Ese estar en un lugar en el que te sientes cómodo, feliz, tranquilo. Un lugar bonito, cálido, confortable, en donde la luz, la música, el entorno te abrazan y protegen. Ese estar en disposición de, sinceramente, oír a quienes están con nosotros, escucharlos, dedicarles tiempo y afecto y recibir con gusto el tiempo y afecto que los otros nos regalan.

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Ese término, Hygge, reúne todas esas características en las que creo y quiero aplicar en mi vida diaria. Porque como decía Ilse Crawford “lo que sucede cuando hacemos eso -cuando vivimos de manera Hygge-, es que nos hace mucho más abiertos a los otros y mucho más cercanos. (y) ese, es un modo muy interesante de construir una comunidad”. Esa es la forma de vida que quiero tener, que me esfuerzo en tener, esa capacidad de asombro y de bienestar que me permite tener los sentidos abiertos para poder tener empatía con los otros. Esa es la comunidad que quiero ayudar a construir para mi, para mi familia, para P. Una comunidad en donde prime el bienestar de todos, la capacidad de compartir y disfrutar de lo normal, porque al interiorizar esta manera de ver la vida, lo normal se vuelve especial, lo ordinario, extraordinario. Un simple trozo de pan el placer más maravilloso, unas flores puestas sobre una mesa bien puesta, un deleite a los ojos, una tarde de cocina, un momento para relajarse y disfrutar, una palabra amable, la alegría del día.

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Volver a ver, tocar, probar, oír, oler… para re descubrir el mundo, para entender el valor de la estética como forma de vida. Volver a hacer las cosas desde la fuerza del placer, el deseo, el bienestar… para descubrir que vivir así no es una cuestión individualista o egocéntrica, sino por el contrario, una manera estar conectados al mundo y entender que cómo nos relacionemos con este determinará nuestro sentir en el mismo. Volver a vivir a nuestro propio ritmo… para convencerse que sólo así se puede ser realmente feliz porque habremos interiorizado que solo siendo consecuente con uno mismo, puede uno serlo con el mundo.

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Quiero Hygge en mi vida. Quiero una vida Hygge. Ese será mi nuevo lema.

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Tiempo, desarrollo, vida… PAN

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Después de mucho esperar, me lancé a la aventura de hacer pan. Y digo aventura porque en los tiempos que corren hoy en día, hacer pan es toda una experiencia, ya que hay que enfrentarse a un organismo vivo y a los avatares de la naturaleza misma. Tiempo, desarrollo, vida… hacer pan es mucho más que un trozo de pan comprado en cualquier tienda con el absoluto desconocimiento de todo lo que ha sucedido antes de terminar en una bolsa en nuestras manos.

Hace ya unos meses empecé a sentir la necesidad de enfrentarme al reto de hacer pan con masa madre. Cuidar mi masa madre, alimentarla y verla crecer y mientras tanto, leer, leer y leer miles de recetas, tutoriales, blogs y chats en los que se hablaba de la magia del pan. Pero me asuste. Parecía algo muy sencillo pero a la vez muy complicado y me daba un poco de rabia tener la sensación de sentirme tan perdida e insegura frente a algo que parecía tan fácil, algo que la humanidad ha hecho por años y años.

Pero me armé de valor y decidí hacer pan este el primer fin de semana de febrero. Quizás, porque pintaba como un fin de semana sin demasiados planes y casero. Quizás porque después de todo el ajetreo de las vacaciones y los viajes, este era el fin de semana de volver a la vida cotidiana, a las rutinas y a los ritmos conocidos y hacer pan, muy en mi interior era una declaración de intenciones para este año. Lento, organizado, orgánico, con un objetivo en mente, pero absolutamente consciente del paso a paso, del aquí y el ahora. Parece que cambie de tema y empecé a hablar del mindfulness tan de moda en estos días. Pero no, sigo hablando del pan, un proceso que muchos debíamos adoptar hoy en día, pues es muy meditativo, nos impone un ritmo muy diferente al que nos invade en estos tiempos.

Hacer pan, no resultó tan complicado y sí una experiencia maravillosamente gratificante. Claro, hay mucho por mejorar, por experimentar y por probar. Pero para un primer intento me doy por muy bien servida.

En fin, creo que el miedo a hacer pan se debe a la dificultad que tenemos para cambiar de ritmo, porque hacer pan es un proceso lento, un proceso que conserva el ritmo de otros tiempos, ese ritmo al que muchos ya no estamos acostumbrados, pero al que yo, personalmente, en ocasiones quiero acudir para calmarme, poner mi mente y mi corazón en el momento y disfrutar cada uno de los pasos.

Quizás hacer pan no es para todos. Tal vez algunos no quieren cambiar de ritmo por un tiempo o lo hacen de otras maneras, meditan, pintan, caminan… no se. Yo solo puedo decir que adoré la experiencia y que volveré a hacer pan cada vez que tenga ganas pues ya no tengo miedo. ¿Alguien más se lanza a la aventura?

Les comparto mi paso a paso por si alguien se anima y quiere probar esto de aprender a tener paciencia, aprender a esperar, aprender a respetar los ritmos y necesidades de otros seres vivos, aprender a observar la naturaleza y abrazarla, para al final, disfrutar de un delicioso trozo de pan en la boca.

  1. La masa madre

Yo no la hice de cero… gente muy especial me la regaló y la recibí como un hermoso regalo de vida. Pero me enfrenté al compromiso de alimentarla, cuidarla y quererla. No es tan complicado como pensé, simplemente hay que alimentarla con el doble de agua y de harina. Es decir, si tenemos 50 gr de masa madre, añadir 100 gr de harina y 100 ml de agua, mejor no de la llave (hay más métodos, pero ese es el más básico) Mezclar bien todo y dejarlo en un bol bien tapado con plástico o en un tarro de vidrio cerrado con tapa. Poco a poco verán que la masa empieza a respirar, a vivir. Crece y le salen muchas burbujas de aire. Esto hay que hacerlo día de por medio más o menos y entre una alimentación y otra, tenerla en la nevera para que se conserve más. Hay que hacer este proceso siempre que se quiera hacer pan, pues la masa madre debe estar muy despierta cuando se hace el pan.

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  1. El pan

Con la masa madre despierta o refrescada como dicen, la receta es la siguiente: (yo seguí los pasos de la generosa Luciana y me deje aconsejar cariñosamente por ella y por  Julia. Gracias a sus consejos y a su buena energía, me fue muy bien)

Ingredientes:

200 gr de masa madre

500 gr de harina de fuerza o panificadora

300 ml de agua al clima

1 cucharada de sal

Pasos:

Mezclar todos los ingredientes y dejar reposar en un bol, tapado con un paño de cocina, por 30 minutos.

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Pasado ese tiempo, aceitar el mesón de la cocina y amasar la mezcla siguiendo la técnica de los amasados cortos. Esto es: volcar la masa sobre el mesón engrasado, halar un extremo de la misma hacia el interior y continuar con el siguiente en círculo. Hay que hacerlo 12 veces, dejando reposar en el bol tapado con un paño por 10/15 minutos, entre amasado y amasado. Este proceso de amasado se repite 5 veces, con sus respectivos tiempos de reposo.

Después del último apretado de la masa, se deja en el bol, con la parte templada hacia arriba, tapada con el paño, hasta que leve el doble de su tamaño. (Yo la dejé más o menos desde las 10:00 pm hasta las 7:30 am del día siguiente, pero todo depende de la temperatura ambiente en la que se esté. Lo mejor, como dice Luciana, es ir mirando la masa hasta ver que ha crecido lo esperado)

Una vez haya levado, se vuelca sobre el mesón enharinado y se “bolea” la masa, lo que significa apretarla hacia afuera como metiendo los extremos de una sábana en la cama formando una bolita que se pone en una olla de hierro tipo cocotte, con la parte bonita (templada) hacia arriba.

En la olla se deja tapada con un paño para que leve por segunda vez.

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Cuando haya doblado su tamaño, que es más o menos cuando la masa ya toca las paredes de la olla, hay que hacerle cortes a la masa en la superficie con un cuchillo, se tapa la olla (quitando el pomo de la tapa) y se mete al horno.

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Los primeros 15 minutos a 220 grados, luego se destapa la olla y se deja 10 minutos a 210 grados y finalmente 35 minutos a 200 grados o hasta que la corteza esté dorada y al darle golpecitos suene hueco.

Es súper importante que el horno tenga vapor, para lo que se puede atomizar las paredes del horno con un flu flu o poner un recipiente con agua dentro del horno (esto es clave para la corteza)

Una vez fuera del horno, dejar enfriar sobre rejilla y comérselo como uno quiera!! Este es el momento más difícil, pues toda la casa huele a pan, ya has tocado la corteza crujiente y dan ganas de comérselo a penas sale del horno!!! 

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Olvidaron otra cosa: la capacidad de soñar… ya no se les ocurría nada

“Todo eso le resultaba enormemente convincente a los ahorradores de tiempo. Y como ya había muchos ahorradores de tiempo en la gran ciudad, pronto consiguieron convencer al ayuntamiento de la necesidad de hacer algo por todos esos niños descuidados.

Como consecuencia, en todos los barrios se construyeron los llamados “depósitos de niños”. Se trataba de grandes edificios en los que había que entregar, y recoger, si era posible, a todos los niños de los que nadie se podía ocupar. Se prohibió severamente que los niños jugarán por las calles, en los parques o en cualquier otro lugar. Si se encontraba a algún niño en esos lugares, siempre había alguien que lo llevaba al depósito de niños más cercano. Y los padres se les castigaba con una buena multa.

(…)  Se acabó lo de inventarse ellos mismos sus juegos. Los vigilantes prescribían los juegos, que sólo eran de aquellos con los que aprendían alguna cosa útil. Mientras tanto olvidaron otra cosa, claro está: la capacidad de alegrarse, de entusiasmarse y de soñar.

Con el tiempo, los niños tuvieron la misma cara que los ahorradores de tiempo. Desencantados, aburridos y hostiles, hacían lo que se les exigía. Y si alguna vez los dejaban que se entretuvieran solos, ya no se les ocurría nada.

Lo único que todavía sabían hacer era meter ruido, pero ya no era un ruido alegre, sino enfadado e iracundo.”

Momo, Michael Ende

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Los niños de Momo olvidaron como jugar, y mientras tanto, olvidaron también otra cosa: la capacidad de alegrarse, de entusiasmarse y de soñar. Perdieron su capacidad de asombro, como diría Catherine L’Ecuyer, su capacidad creativa. Pero ¿la perdieron ellos o se la hicieron perder los adultos?

¿Qué tan lejos estamos de la ficción? ¿De esta gran historia inventada por Michael Ende en 1973? Tristemente solo en la forma de contarlo. La realidad es aún más triste.

¿En qué momento los adultos decidieron que ahorrar tiempo, hacerlo todo buscando una utilidad, correr siempre hacía un objetivo sin tener conciencia del proceso, correr en vez de pasear, era lo más importante? ¿cuando le creyeron a los hombres grises de Momo? 

Y más grave aún ¿En qué momento a los adultos les empezó a preocupar tanto que lo niños jugaran, solo por jugar?, ¿Por el placer de hacerlo, sin necesidad de conocer el para qué?, ¿Por qué los adultos sintieron que debían dirigir el juego de los pequeños, intervenirlo, buscarle un objetivo concreto, una enseñanza? 

Desde la lógica adulta que piensa solo en el resultado y la funcionalidad de las cosas, jugar es perder el tiempo, no hacer nada y entonces, ese juego libre, espontáneo, incierto, que nunca se sabe a dónde llegará, los aterra. Y eso que hay un montón de estudios que demuestran la importancia del juego, su valor social, la manera cómo enseña a los niños a ser empáticos, tener niveles de frustración más altos, socializar, descubrir sus propios intereses, sus fortalezas y debilidades.

Sin embargo, ¿Por qué, sabiendo todo esto, sigue siendo tan difícil ceder el control de estos espacios? ¿Por qué los adultos se engañan llenándose de excusas para creer que lo que están haciendo es dándole más oportunidades a sus hijos al dirigirles todas sus actividades? 

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Sinceramente, creo que lo más importante está en destinar tiempo a gozar, a hacer cosas solo por el placer de hacerlas, a compartir con otros o a disfrutar del tiempo en soledad, a sorprenderse con el mundo y las oportunidades ilimitadas de fantasía que ofrece la realidad.

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Creo de verdad, que los adultos deben entender que controlarlo todo no es la respuesta, que su intervención debe limitarse a la de acompañante y observador, a la del cuidador que puede ofrecer o no, elementos simples, pero motivadores, a partir de los cuales, cuestionarse, crear, investigar, crecer, pensar, en definitiva jugar y gozar.

Creo también que la intervención debe ser esporádica y no permanente. Es decir, que los niños deberían poder estar solos de vez en cuando, jugar con libertad. Es cierto que la seguridad se ha vuelto un tema importante y que por desgracia cada vez son menos los espacios en donde los niños pueden jugar sin el cuidado de los adultos. Ante esta terrible realidad, me parece que, como adultos, debemos esforzarnos para ejercer solo de observadores, con el compromiso de buscar espacios o momentos, en donde, ojalá, los niños puedan jugar sin necesidad de tenernos cerca. Nuestra obligación, debe ser entonces, no la de cohibir la libertad de juego de nuestros pequeños, sino la de propiciar que nuevamente se pueda jugar en la calle, el parque, el campo… esos espacios abiertos que son de muchos y para muchos. Esos espacios en donde existe la posibilidad de encontrar a otros y en donde los juegos no están preestablecidos. 

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Jugar por jugar es un derecho que todo niño debe tener, así, sin más, sin la necesidad de tener claro que va a aprender con ello. Jugar por placer.

De hecho, creo que la capacidad de juego, de goce, de asombro, son habilidades que todos deberíamos esforzarnos por mantener. Son formas de vivir la vida que nos hacen mucho más atentos a nuestro entorno, más empáticos, más generosos, más tranquilos… más felices. 

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Les recomiendo especialmente la lectura del libro, que inspiró estos pensamientos, Momo de Michael Ende. Lectura que siempre será oportuna, esclarecedora y enriquecedora para el alma. Un libro para tener en la biblioteca como un tesoro.

¿Cocinar o no cocinar? Esa en la cuestión.

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Y de pronto alguien pone palabras, hermosas palabras, a lo que hace ya unos buenos años vengo sintiendo.

“Como ya se habrán dado cuenta, opino que cocinar o no cocinar se convierte en una cuestión trascendental, aunque reconozco que es una forma muy rotunda de plantear el problema.

Cocinar significa cosas distintas en momentos distintos para gente distinta. Pero casi nunca es cuestión de todo o nada. Sin embargo, cocinar con más frecuencia de lo que hacemos ahora, o dedicar el domingo a preparar algunos platos para la semana, o intentar de vez en cuando elaborar algo que antes sólo podías comprar, son actos modestos que constituirán una forma de voto.

¿Un voto para qué exactamente?

En un mundo donde ya muy pocos estamos obligados a cocinar, el hecho de decidir hacerlo es una forma de protestar contra la especialización. Contra la total racionalización de la vida. Contra la infiltración de los intereses comerciales en todas las facetas de nuestra existencia.

Cocinar por el placer de hacerlo, y dedicarle un poco de tiempo libre, es declarar nuestra independencia de las corporaciones que quieren convertir cada minuto que estamos despiertos en una ocasión para consumir.

Cocinar tiene el poder de transformar más que plantas y animales. Cocinar nos da la oportunidad tan rara en nuestra vida moderna, de trabajar directamente por nuestro bien y el de las personas que alimentamos.

Desde el punto de vista económico, puede que no sea la forma más eficiente de usar el tiempo del cocinero aficionado, pero es realmente hermoso.

¿Hay algo menos egoísta, algún trabajo menos alienado, un tiempo mejor aprovechado que preparar algo delicioso y nutritivo para las personas que queremos?”.

Michael PollanCooked

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No se pierdan la oportunidad de ver esta linda y profunda serie, Cooked, en Netflix.

No puedo dejar de aprovechar este momento para recomendarles un gran libro que también habla del tiempo… Momo, de Michael Ende y que justo estamos leyendo en este momento.